Ileana Iribarren
![]() |
| Foto: María Teresa Jiménez R. |
En un juego
de azar, usted apuesta una pequeña suma de dinero a un evento poco probable, si
el evento ocurre usted gana una gran suma. La Casa gana poco cuando usted
pierde una vez, pero mucho si pierde muchas veces o cuando muchos como usted lo
hacen. Se arriesga para ganar, aunque casi siempre se pierda. La fortuna de
algunos pocos está fundada en la ruina de muchos.
Yo fui un
hombre afortunado, o más bien, el más afortunado de los hombres. Siempre gané.
Espere que le cuente para que vea que no estoy mintiendo.
Nací en cuna
de oro y mis padres fueron los más amorosos y responsables padres que se puedan
tener. Seguramente recordará muchas historias de niños ricos infelices. Pues
ese no es mi caso. Mis padres vivieron para que yo tuviera todo el amor y la
comprensión sin que me faltara nada material. Nunca supe lo que fue la pobreza,
ni la enfermedad, ni la soledad.
Fui también
suertudo en el amor. Me casé con la más hermosa y dulce de las mujeres y mi
vida con ella fue plena en todo sentido. Nunca la sombra del tedio o del
desamor siquiera intentó opacar nuestra vida en común.
Usted se
estará preguntando por qué comencé hablándole de riesgo si en lo que acabo de
contar mi suerte y mi fortuna no fueron consecuencia de un riesgo que corrí.
Entonces usted me está comprendiendo. Fue exactamente en ese punto que comenzó
todo.
Cada mañana,
que me despertaba arrullado por los mimos de mis seres queridos y rodeado de
todo aquello que hacía mi vida más fácil y cómoda, me preguntaba lo mismo que
usted: ¿por qué tengo todo lo que los demás ansían?,¿qué he hecho yo para
merecerlo? Esta pregunta me atormentaba, y aunque le parezca absurdo fue el
origen de mi desgracia.
Fui
acercándome poco a poco a la idea de hacer algo que me hiciera correr riesgos.
¿Qué camino más fácil para alguien como yo que iniciarme en los juegos de azar?
Comencé a ir
una vez a la semana a un casino. Jugaba pequeñas sumas y me divertía
constatando que casi siempre ganaba. Digo casi siempre, pero en realidad era
siempre. Podía perder alguna partida pero siempre regresaba a casa con el doble
o el triple del dinero que había apostado.
![]() |
| Foto: María Teresa Jiménez R. |
Sin darme
mucha cuenta y sin contar con el más mínimo reproche por parte de los míos me
fui convirtiendo en un ludópata.
Mi suerte
molestaba a las casa de juego, que comenzaron a verme con desconfianza.
Sospechaban de mi suerte limpia y se empeñaban en vigilarme. Evitando las
molestas requisas a las que me sometían cambiaba regularmente de casino. A
veces viajaba kilómetros para buscar algún lugar donde no me conocieran.
Una noche
entré a un casino desconocido. Era más bien una casa de juego medio pobre en un
barrio un poco sórdido, cerca del puerto, donde no tenía ninguna costumbre de
ir. En ese lugar la gente era diferente, ahora puedo decir que eran todos,
hombres y mujeres, “jugadores duros”. La diferencia no estaba sólo en sus rostros
y en sus vestimentas, sino en la actitud que tenían hacia el juego. Aunque ya
había estado en casi todos los locales de juego de la zona, eso era nuevo para mí.
Me sentí como un principiante frente a aquellos jugadores que parecían tomar el
juego como una causa de vida o muerte.
Curiosamente
fui aceptado sin reservas en aquel lugar que se convirtió en mi segunda casa.
Mi suerte provocaba en mis nuevos colegas más admiración que desconfianza. Me
volví parte de aquello que se parecía más a una cofradía que a un antro.
Una noche que
me adentré a un pasillo en busca de un teléfono público, descubrí una puerta
entreabierta que daba a un salón que yo no conocía. Escuché voces familiares
detrás de la puerta y decidí espiar. No tardé mucho en darme cuenta de que en
aquella sala se estaba jugando. Se estaba jugando el juego más extremo, el más
arriesgado de todos los juegos.
Alcancé a ver
a un grupo de hombres y mujeres sentados alrededor de una mesa redonda. No
podía distinguir a las personas por lo estrecho de la rendija. Sobre la mesa
había una caja de madera. La tapa de la caja era de cristal y tenía grabado el
número 357. Un hombre vestido de negro que llevaba unos guantes de piel,
igualmente negros, abrió la caja y sacó un revólver. Cargó el arma con una sola
bala y con un gesto, tan ceremonial como certero, le dio un golpe haciendo
girar el barrilete. Vi entonces, ayudado por la sombra que se proyectaba en la
pared del fondo, como una de las personas tomaba el revólver y se lo llevaba a
la sien. En ese momento sentí el aumento repentino del número de pulsaciones de
mi ritmo cardíaco y los músculos de mis piernas parecían haber perdido su
firmeza. Sin esperar más, salí, sin correr pero apresuradamente, de aquel lugar
y nunca más regresé.
![]() |
| Foto: María Teresa Jiménez R. |
Traté de
retomar mis inocentes juegos en los casinos de siempre pero nunca más sentí un
ápice de emoción. La llama que encendía en mi cerebro la adrenalina con el
juego se había extinguido como la de una vieja lámpara que se queda sin
combustible. La escena del cuarto de la ruleta rusa me perseguía día y noche.
Me volví un hombre hosco y taciturno. Mi mujer pensó que estaba enfermo y me
hacía someter a aburridos exámenes médicos, siempre para encontrar que gozaba
de perfecta salud. Me obligaba a ir a los casinos y me revisaba al volver para
constatar que mi suerte seguía intacta.
Hoy fui al
casino. Jugué como nunca, aposté y aposté lo que ganaba, dejando a todos
atónitos ante mis inquebrantables éxitos. Gané un millón de dólares, amigo o
amiga, que ahora le pertenecen y que usted encontrará en la caja de seguridad
del banco identificada con el número 357 y de la cual le estoy dejando la llave
en el sobre que contiene esta carta.
Compré un revólver,
le daré vueltas al barrilete y dispararé una vez a mi sien en una habitación de
este hotel. Si usted está leyendo esta carta es porque mi suerte no cambió.
Descargar en formato pdf
Descargar en formato pdf



Me gustó mucho!!! Además que ando con la adrenalina alborotada por unos medicamentos que me producen ansiedad. Besos a las dos!
ResponderEliminarInteresante relato. Me gusto!
ResponderEliminarla primera foto, tiene una composición interesante y el grito que veo en la otra, cierra la historia. La expresión del relato en fotos es también muy buena.
ResponderEliminarGracias Gloria!
EliminarMe gustó...relato y fotos. No paren
ResponderEliminarGracias Ana
EliminarRealmente me conmovió!
ResponderEliminarGracias, anónimo!
ResponderEliminarMe gustó mucho el relato. Verdaderamente interesante. Muy buenas las fotos también.
ResponderEliminar