domingo, 3 de junio de 2012

Perfil del Tiempo (relato)

Raúl J. Jiménez R.
Ilustraciones: Daniel Jiménez L.

Fue uno de esos días en que le daba por preguntarse qué estaría haciendo si hubiese hecho lo que quería y no lo que debía, o al menos lo que él creyó que debía hacer. Uno de esos días en que se pierde en su laberinto y, sin importar qué camino escoja, qué pasado reedite o invente, nunca encuentra salida. En fin, uno de esos días en que sólo logra deprimirse. Y no hablo de esas depresiones recidivantes por las que algunas deidades del celuloide terminarán pegándose un chute que inyectará de tinta kilos de pulpa que al final sólo vende la farándula, ya quisiera él. Hablo más bien de esas depresiones crónicas que tienen los que alguna vez quisieron hacer algo, escribir, dirigir, figurar, y se dan cuenta de que cada día que pasa están más lejos de hacerlo. Esas que ningún noticioso va a comentar. Que ni siquiera sus pares, que lo ven como un tipo exitoso, todo un catedrático universitario, pueden advertir. Por eso sabía, estaba seguro, que lo único que tenía sentido hacer era emplearse en algo que le ofreciese sentirse productivamente ocupado. No importaba qué, arreglar el water que aún gotea, ir al supermercado a hacer la compra de la semana, avanzar en su libro sobre economic behavior que parecía que nunca terminaría. De nada sirvió su retórica, siguió perdido en su laberinto. El ordenador lo ayuda a camuflar esos estados de ánimo. Ha aprendido a fingir interés frente a la pantalla de su portátil con la única excusa de no preocupar a su mujer, afligirla sólo profundiza su melancolía. Una simple página web es una excusa para disimular su trastorno, en especial si la cumplimenta con eventuales gestos de interés y clicks de ratón improvisados; que no deben corresponder a un patrón simple, reconocible, que podría poner en evidencia lo que hace, es decir: nada. Me pregunto si otros harán lo mismo, si es un comportamiento común el entristecerse por malgastar el tiempo en estupideces mientras otros lo aprovechan y hacen con él lo que siempre quisieron hacer. Fue así, estableciendo conexiones aleatorias, pinchando aquí y allá, que encontró aquel reportaje. Nada buscaba, su desánimo no se lo hubiera permitido, pero el ver aquella imagen que recurría a todos los estándares publicitarios para ilustrar una fascinante mujer de negocios (incluyendo el fetiche de delicados pies engastados en zapatos de tacón de aguja con  curvatura de empeine rozando el límite de lo imposible) hizo que despertara de su hibernación. Se incorporó del respaldo de su silla para detallar la fotografía y escudriñar más de cerca los pliegues de aquellos pantalones ajustados (de qué se suponía que eran?, lino?), ajustó sus multifocales para cubrir con nitidez las 19 pulgadas de la pantalla y, sin dejar de estudiar el cuerpo de la mujer, leyó flashes del reportaje. "María Justel, directora general de Intelligent Design Solutions, para Europa, Oriente Medio y Asia, ha conducido una exitosa reingeniería,  aumentando significativamente las ventas y consolidando una expansión con sedes en EE.UU. y Brasil". La chaqueta del conjunto (sí, debía de ser lino) estaba desabrochada de par en par y el profundo escote en U le hacía lucir sus turgentes senos. "...la empresa que dirige ha desarrollado una novedosa tecnología para predecir...". Cuántos años habían pasado sin haber tenido una referencia de ella, doce?, trece? Había aparecido en alguna que otra conversación de sobremesa cuando él aún estaba en comisión de servicios en la universidad, en discusiones sobre el reciclamiento de académicos a la empresa, pero en algún momento dejaron de mencionarla. Usaba el corte a los hombros y, aunque su mirada trasmitía mucha dulzura, su boca le resultó extraordinariamente carnal.

Los amigos de José Luis disfrutaban de aquel chico mordaz que disparaba críticas asertivas a todo lo que estuviese en su mira. En ocasiones cogía la batuta de sus maestros y dirigía con absoluta solvencia los talleres y las discusiones de las clases en las que participaba. Podía alzarse en una reunión y aniquilar con sus argumentos a quienes lo contradecían. Ninguno podía adivinar que, tras su disfraz de radiante seguridad, sobrevaloraba la opinión que otros tenía de él y que en realidad no era más que un muchacho tímido. Un tímido público, en el sentido zimbardiano de la palabra, que sufría con cada interacción social, aunque casi siempre lograra controlar su ansiedad y resolviera sus situaciones con éxito. Su estado se acentuaba frente a una piba que le gustase, y mientras más le gustase tanto peor. Se sentía inseguro cuando decidía no recurrir al sarcasmo, único mecanismo fiable del que disponía para desinhibirse. No toleraba ser hiriente con lo que apreciaba tierno, hermoso, originando así un círculo vicioso que lo atrapaba, pues era un enamoradizo patológico del prototipo de chica tierna que encarnaba Regina, delgada, delicada. Por eso nada tiene de extraño que José Luis se haya enamorado, que haya fantaseado con ella imaginándola descalza, de blanco, con pantalón pirata y blusa a tiras, de tejido etéreo, liviano hasta la transparencia, y su largo cabello ondulado derramado sobre sus hombros y espalda. Nada de extraño que no se haya atrevido a traspasar la distancia prudencial que lo salvaba de sentirse completamente ridículo para decirle que había escrito para ella aquel pasaje de su mejor música. Una música de texturas delicadas, compleja, en la que el puntillismo de una flauta y un trombón sujetaban, como clavijas incorpóreas, las líneas trazadas por un clarinete y un dúo de violín/cello, salpicadas de intervenciones danzarinas de un arpa y un piano. Una música irregular, de agresividad contenida, llena de contrastes dinámicos, que conducía hasta un clímax, en fortísimo, para luego apagarse rápidamente, hasta la nada. Porque era de allí, de la nada, que quería que emergiera su hermosa voz de mezzo, en pianissimo, para que por más de dos minutos se oyese aquel murmullo ululante, ingrávido, que era el centro de la obra, el calmo clímax de donde él venía y hacia donde él la quería llevar. Por eso nada tiene de extraño que José Luis, después de haber recibido de vuelta la sonrisa que le lanzó al entrar en la sala de ensayos, se decidiese a pasar de largo, sin detenerse en las filas de las voces claras, para sentarse en su silla de barítono con su partitura bajo el brazo.

María aceptó inmediatamente su invitación de amistad por facebook, donde no fue difícil encontrarla. Siguiendo el protocolo habitual, luego de que uno explorase las fotos del otro, ambos se pusieron a la orden en sus ciudades respectivas en caso de visita. Un extraño medio el facebook, a pesar de compartir varios amigos y el mismo director de tesis, no recordaban haberse visto previamente, sin embargo ahora estaban tan al tanto de lo que el otro hacía como si fueran colegas que se veían a diario. Él no tardó en incorporar a su rutina de no hacer nada frente al ordenador el revisar su perfil, leer los mensajes que le dejaban en el muro, y ver nuevas fotos añadidas. Si bien no había vuelto a experimentar el vigor que sintió el día que la había encontrado por azar en el ciberespacio, inexplicablemente, tampoco había vuelto a sentir esa tristeza anodina que se acercaba a la postración, aunque nunca llegaba a serlo. Mencionarle en sus mensajes ocasionales los avances de su libro lo comprometió a escribirlo. Había sido un proyecto que inició el mismo día que ocupó su despacho de catedrático, despacho que antes había pertenecido a María, igual que la plaza que ahora él ocupaba y a la que ella había renunciado para montar su propia empresa. Y, ordenando folios abandonados, descubrió aquellas notas, llenas de tachones y enmiendas, que consideró brillantes. Le cautivó el enfoque personal, fresco, se podría decir que femenino, incluso maternal, de abordar algunos aspectos no mesurables de la economía. A pesar de ser más joven, se había doctorado antes que él, de manera que el ingreso de José Luis al programa doctoral de la Pompeu Fabra coincidió con la estancia postdoctoral de María en Chicago. Aunque nadie se lo había dicho, él sospechaba que su herencia no se limitaba solamente al despacho, la plaza y a las notas. De hecho, en ocasiones, llegó a sentir una deuda antigua, sin que pudiera precisar de qué ni desde cuándo. Lo que sí tenía claro es que la relevancia que le había dado en el texto al enfoque evolutivo era una idea más de la otrora Profesora Justel que de él mismo. Puede que haya sido esa la razón que inicialmente lo impulsó a compartir con ella la satisfacción de tener un primer borrador, el deseo, tal vez necesidad, de mostrarle algunas de sus ideas acabadas, esmeradamente contextualizadas. Ella, mejor que nadie, podría apreciar la visión unificadora de las distintas teorías neoinstitucionalistas que proponía. La discusión que daba sobre la racionalidad acotada y el aprendizaje de los agentes económicos y, consecuentemente, la revisión profunda sobre el papel del Estado, llegando a cuestionar aspectos centrales de economía política.  Sin consultar con su mujer ni con su agenda, movió algunos contactos para que lo invitasen a dictar un seminario en Barcelona y le escribió para decirle que estaría un par de días rondándole cerca, provocando así una ocasión cuasi-casual para encontrarse.

La actividad coral le aburría, como le aburría básicamente toda actividad que no le permitiese expresar su propia voz. Pero aquellos ensayos con tantos neófitos, acólitos de los directores, a los que sólo asistía por solicitud de amigos, le parecían una tortura. Para completar su decepción con el medio, las pocas piezas corales que escribió fueron descartadas por sus propios compañeros por considerarlas inmontables. Si al menos le hubiesen resultado divertidas sus reuniones sociales, si le hubieran ofrecido algún espacio, por pequeño que fuese, para sentirse cómodo, José Luis habría tenido algún aliciente para seguir colaborando con ellos; pero percibía tanto snobismo y frivolidad en ese mundillo que terminó por desaparecer de todas sus salas de ensayo. La última vez que asistió a una reunión de coralistas fue exclusivamente para poder estar cerca de ella. No dejó de verla mientras estuvo en el escenario del auditorio de humanidades cantando el programa de música latinoamericana que había montado su coral. Gustavo lo había arrastrado hasta ese concierto sin que supiese de qué se trataba, la única motivación era acoplarse a la fiesta que sabía que vendría después. Lo que le sobraba de tímido a uno le sobraba de desatado al otro, así se compensaba aquel dúo bipolar que había consolidado su amistad a base de tocar juntos y de aprendizaje biyectivo. Quedó prendado del sutil solo de Regina en la versión coral de Insensatez, cantó como si pendiera de un hilo, a punto de romperse. Desde el último acorde de la pieza, que fue seguido de un nutrido aplauso, José Luis desconectó su sentido de la audición hasta que el concierto finalizó. Aquellos acordes de novena menor, encadenados cromáticamente por los bajos, en ritmo de bossa quedaron orbitando sobre José Luis, quien siguió mirándola como si siguiera cantando sola. Ni siquiera el primer codazo de Gustavo, anunciado partida, fue capaz de traerlo de vuelta, siguió bosseando con su voz hasta que su amigo le puso la mano en el hombro y, casi como si se tratase de una confesión, le dijo sonriéndole: bueno hermanito, tú como que estás enamorao? En esa oportunidad no se opuso a sus planes de autoinvitación para comer y beber a cuenta ajena. Controló su miedo, la incomodidad de entrar en una casa sin que supiera de quién era; al fin y al cabo siempre los aceptaban con gusto pues sabían que terminarían tocando, acompañando a cualquiera, sin importar que fuese algún solista arriesgado que quisiera ensayar nuevo repertorio. Los melómano-analfabetas que prodigaban en ese tipo de reuniones no pasaban de modular a la dominante o al relativo y se perdían con cualquier novedad. Ellos, en cambio, eran una máquina aceitada que era capaz de improvisar con el que saliera al ruedo, lo cual le retornaba a uno cierto grado de aceptación que necesitaba y a otro la oportunidad de meterle mano a la snob de turno. Al entrar en la casa buscó a Regina, la encontró sentada entre un grupo de amigas, tenía un plato desechable con aperitivos que no había tocado y que se había colocado sobre sus muslos en perfecto ángulo recto con sus piernas, juntas desde las rodillas hasta los tobillos, formando dos columnas de blue jeans separadas por una fina hebra de luz. Ella no lo vio llegar, o le fue indiferente, y la ausencia de contacto visual, estando los dos en la misma habitación, le resultó inaguantable, angustiándolo hasta la asfixia. Se sentía ridículo desfilando a lo largo del mesón con fiambres y bebidas que habían colocado los anfitriones (aún seguía sin saber quienes eran), escarbando qué comer y qué beber cuando en realidad lo que deseaba era ir hasta donde ella estaba y describirle lo que había sentido al escucharla, invitarla a cantar de nuevo, esta vez acompañándola él al piano. El arreglo coral estaba bien, pero era inocente, quería conocer la respuesta que tendría de ella al acompañarla con las tensiones, los acordes sustitutos, las contravoces que había estado preparado mientras conducía desde la facultad de humanidades hasta la fiesta. Su reacción al sentir la saudade, el beat, la agógica que demandaba el tema de Jobim. Regina no le dirigió la mirada durante el tiempo que estuvo allí. Más tarde Gustavo lo buscó, cuando el alcohol ya había hecho efecto y las peticiones se volvían complicadas, no lo encontró. Se conocían demasiado bien y comprendió que tendría que regresar en bus.

El tránsito de mensajes fue in crescendo en la medida que se acercaba el encuentro que habían acordado. De escribirse un par de líneas a la semana pasaron a escribirse al menos una cuartilla al día, pasando muy rápidamente de los preámbulos, de orden más ideológico, a aspectos más técnicos del texto. Todo un capítulo, sobre redes sociales coevolutivas y comportamiento estratégico,  resultó de la edición de sus últimos mensajes, igual que muchos de los ejemplos y experimentos que discutía a lo largo del libro. María se sentía excitada; la puerta que había abierto la había conducido, por discusiones sobre economía que ya de por sí la hacían sentir efervescente, a una rama de su futuro en la que sentía que había llevado hasta las últimas consecuencias su carrera como investigadora. Sin que tuviera una explicación sensata, proyectar su alter ego no solamente la conectaba con la vida académica que había abandonado hacía casi 15 años, cuando era la Profesora Justel, flamante catedrática con sólo 33 años, sino con su adolescencia, la cual había empezado a recuperar del olvido por analepsis involuntarias que se presentaban cuando intentaba buscar un orden, una secuencia lógica, que la condujera de nuevo por la rama del futuro que ella había escogido. En un arrebato de dudas, asaltó los álbumes de fotos que atesoraba su madre para recuperar datos faltantes. Oteando entre decenas de páginas encontró una foto que le trajo sentimientos encontrados, arrancándole más de una sonrisa pero también alguna que otra lágrima que aún le quedaba por llorar. Allí estaba ella, con su largo cabello ondulado, su chemise blanca y sus jeans tubito, el inconfundible uniforme de la cantoría. La foto la habían tomado en casa de los Ponce, donde festejaron el cumpleaños de Adriana después de salir del concierto del auditorio de la facultad de humanidades. Recordaba perfectamente ese día: sus padres discutieron como nunca antes lo habían hecho y después de una tensa calma su padre se despidió de ella y de sus hermanas para iniciar una nueva vida con la mujer de la que se había enamorado. Antes del concierto aún gimoteaba y pensaba que no iba a poder cantar su solo pero sus compañeras la calmaron y lo hizo, según todos, espléndidamente. Demasiadas emociones el mismo día para una niña de 16 años, la foto había capturado el estado de total abstracción en el que se encontraba aquella noche, podía haber representado perfectamente a Ofelia en el teatro en vez de haber cantado Insensatez en el auditorio. Otra foto del mismo día la enganchó, estaban casi todas sus compañeras rodeándola mientras cantaban quién sabe qué. Las acompañaba con una guitarra raída nada más y nada menos que Gustavo Barroso, cuando era un perfecto desconocido, un desgreñado que iluminaba los 96 cm2 de la fotografía con su poderosa sonrisa. Qué recuerdos aquellos, le pareció gracioso colgar aquella foto en su perfil del facebook y se la robó a su madre para escanearla.
"La primera impresión que tuvo José Luis cuando vio la foto que  María había publicado fue la de haber navegado hasta el sitio por equivocación. Sólo después de haber leído la leyenda ("hace mucho mucho tiempo") y reconocer a su viejo amigo, con más kilos que años menos, cayó en cuenta que cada píxel de la foto le era familiar."

La primera impresión que tuvo José Luis cuando vio la foto que María había publicado fue la de haber navegado hasta el sitio por equivocación. Sólo después de haber leído la leyenda ("hace mucho mucho tiempo") y reconocer a su viejo amigo, con más kilos que años menos, cayó en cuenta que cada píxel de la foto le era familiar. En un intento reflejo de tocar, acariciar, aquel rostro botticelliano que tantos recuerdos le traía, dibujó círculos concéntricos con la flecha del ratón alrededor de quien empezaba reconocer como Regina. La etiqueta de María Justel que repentinamente apareció en la pantalla lo terminó de descolocar: Qué es esto? – se decía mientras se llevaba las manos a la cabeza en un gesto de desesperación – qué clase de broma es esta? Entró a revisar sus álbumes de fotos, buscando una respuesta, una conexión entre Regina y María. Todos mostraban fotografías digitales recientes de la cuarentañera que ya había examinado con detalle, sin embargo, esta vez, a la luz de la similitud, de la ternura inconfundible de su mirada, comprendió, aunque le pareciera imposible, que antes no había sido capaz de reconocerla. En un último acto de incredulidad, revisó la colección virtual de working papers del departamento para constatar lo que sospechaba haber visto alguna vez, su firma académica era  M. R. Justel. Seguía sin creerlo, no sabía qué lo excitaba más, si haber encontrado a María o reencontrado a Regina, y cuando cayó en cuenta de que al día siguiente vería a ambas a la vez lo atacó un estado de euforia y desasosiego que le obligó a salir inmediatamente de su despacho. No podía enfocarse, sólo pensaba en ir a preparar su mochila de viaje, como si se tratase de un conjuro con el que pudiese adelantar el tiempo, y salir a toda prisa a coger el tren a Barcelona. Ir en ese momento a su casa significaba encontrarse con su mujer, quien ya estaría de vuelta del trabajo, preparando cena y lidiando con los deberes de sus hijas. No sería capaz de disimular el sentimiento de culpa como tampoco soportaría la angustia de ser descubierto por enchufarse al portátil,  que definitivamente sería lo que haría, ignorando lo que pasase a su alrededor. Volvió al despacho, aún en estado de hiperquineticidad, y cotejó una vez más los mensajes que se habían estado cruzando. Analizó de nuevo la transición de sus despedidas, que pasaron de "saludos" a "besos", aceptables socialmente en su condición de mujer pero un paso, que en su caso, podía interpretarse en el sentido literario que él había elegido. Releyó el mensaje en donde abiertamente le explicaba su entusiasmo por conocerla en persona y su respuesta que dejaba bien claro que su agitación era correspondida. El programa que habían convenido, que incluía cenar en un sitio especial que ella había recomendado y conversar luego en su casa hasta la hora que les apeteciese, ofrecía un escenario adecuado para un encuentro entre colegas, que tenían tanto deseo de conocerse como intereses mutuos, como también ofrecía la coartada para que se encontrasen dos amantes, viajeros del tiempo. Llegó tarde a casa, un poco antes de que todas se acostaran. Picoteó algo de la cena que le habían dejado, terminó de recoger la cocina y puso en marcha el lavavajillas con los enseres de los cuatro. Cuando supuso que dormían, fue al trastero a buscar su vieja partitura de música inoída, de la que nunca se había desprendido, que siempre lo había acompañado en el baúl de sus mudanzas. Era imposible predecir que reacción produciría un score que había escrito hacía 30 años. Muy posiblemente se reirían de ellos mismos, de la juventud, de la inocencia, de la no linealidad y de las bifurcaciones del tiempo. No pudo dormir en toda la noche pero permaneció en la cama, junto a su mujer, hasta levantarse. Salió muy temprano en la mañana, sin que ella y sus hijas hubieran despertado.

María se despertó a las 7:27, intentó conciliar el sueño de nuevo pero le resultó imposible. Se despertó visualizando el árbol de decisiones que resumía su vida a un simple grafiquito con una trayectoria marcada, recordando los momentos que habían producido incisiones en los ramales elegidos, obligándola a tomar decisiones que produjeron irremediablemente nuevas bifurcaciones en las ramas del árbol. Sabía que se encontraba en un nuevo nodo y que una importante decisión no debía hacerse esperar. Desde que regresó de casa de su madre, había decidido no ir a trabajar, quería estar a solas, tranquila, requería destilar las emociones que había despertado al especular sobre los posibles panoramas a los que hubiera llegado de escoger trayectorias distintas a la trazada. Necesitaba también analizar las opciones que podría presentar el futuro inmediato, incluyendo las que pudiera arrojar su encuentro con José Luis. Desayunó ligero, salió a dar una caminata por la playa y se dio un masaje, que inicialmente había concertado para la tarde, para resetearse. Sentía una fuerte conexión con José Luis pero era un hombre casado, apreciado y conocido en su entorno más íntimo. No debía permitirse más de lo que había compartido hasta ahora, prefería no traspasar los límites que alguna vez había desconocido y proteger una amistad que visionaba profunda y enriquecedora. Pero no sabía, honestamente, si contaría con su ayuda para lograr el equilibrio necesario. Tenía dudas de sus intenciones, y de su propia respuesta en caso de que fuera a por ella, el hombre de veras le gustaba. Sus mensajes no resultaban trasparentes, permitiéndole siempre más de una interpretación. Se dio cuenta de que no disponía de suficiente información como para predecir un escenario probable y concluyó que lo mejor era no pensar más en el asunto; improvisaría con lo que le deparara la noche. No fue tan liberal con los asuntos que más le preocupaban, espero a que el horario americano se lo permitiese para conectarse en video conferencia con sus socios y acordar el nuevo rumbo de su tambaleante compañía. La crisis financiera de la que ellos tampoco habían escapado exigía decisiones muy duras que ya no podía postergar; había aceptado el irremediable hecho de que debía ser implacable. Pensó en el detalle de que ya todos la habían dejado de llamar Regina y entendió que la decisión que había tomado la distanciaba, más que ninguna otra, de la niña que siempre habían identificado por su segundo nombre. De cualquier forma era una decisión ya tomada que no sólo dependía de ella, así que de nada servía sintomatizar la tragedia que había desencadenado para muchos de sus empleados. Su próxima llamada fue para reservar una mesa en su restaurante favorito, suspiró al colgar el auricular, desconectó el programa de video conferencia, apagó su móvil para permanecer inaccesible el resto del día y salió a comprase algo fresco que estrenar, los del canal del tiempo habían pronosticado una noche muy calurosa.

José Luis llegó al restaurante que le había indicado un poco antes de lo convenido. Afortunadamente estaba sentado en la barra esperándola cuando entró, de no ser así sus piernas hubieran vacilado. Las fotos de María no eran tan recientes como había imaginado, ahora volvía a lucir el cabello largo y ondulado que recordaba de Regina. Vestía un conjunto de algodón con estampados en pastel claro, muy apropiado para una noche calurosa de final de primavera, el pantalón a la rodilla y las sandalias de finas tiras dejaban sus pies y piernas al descubierto. Luego de saludarse con sendos besos en las mejillas, se estuvieron mirando durante varios segundos, sin dejar de sonreír, como no dando crédito a estar finalmente reunidos. Durante ese instante, más de un minuto hubiera jurado él, ella posó su mano sobre su antebrazo, permeándole  su calor, lo cual interpretó como señal de especial afecto, de confianza inicial. El metre los invitó a acompañarlos hasta la mesa que les había reservado y en donde, al sentarse, María propuso que aceptasen las sugerencias del chef y compartiesen un menú de degustación. Una idea apropiada, querían focalizar toda su atención en el otro y no desperdiciar tiempo leyendo la típica carta enciclopédica de los restaurantes fashion. A la postre, una elección excelente, la variedad y la exquisitez de colores y sabores resultaron aliados poderosos de los diferentes matices y de la riqueza de la conversación que sostuvieron. José Luis habló más que ella, mientras hablaba sentía su mirada de asombro clavada en su rostro y, para evitar una confrontación que sólo demostraría el rol dominante y el sumiso, el de ella y el de él, en un juego de miradas, no cesó de hilvanar nuevas ideas que le permitiesen continuar exponiendo sus teorías y justificasen su mirada hacia ninguna parte. María estaba deleitada descubriendo sus ideas entretejidas en las de él, escucharlas en su voz hacía que sonaran mejor de lo que ella había imaginado. Luego de varias horas, la mesa parecía un escritorio de trabajo, cubierta de hojas del manuscrito sobre las que habían estado haciendo anotaciones. En uno de los pocos momentos de silencio que mantuvieron, se percataron de que esperaban por ellos para cerrar. Recogieron, burlándose de su apasionamiento, y salieron caminando tomados del brazo en dirección a la casa de María. Había refrescado y a ella le pareció natural buscar cobijo apoyándose de él mientras lo sujetaba del brazo, disfrutaron a plenitud la soledad que la calle les brindó y la sensación de juventud recuperada. Al llegar pasaron al salón-comedor-cocina, que hubiera servido para promocionar la nueva temporada de IKEA si no fuera por el piano de pared que ocupaba el espacio más iluminado, frente a un confortable sofá de cuatro puestos. 
 "... a ella le pareció natural buscar cobijo apoyándose de él mientras lo sujetaba del brazo, disfrutaron a plenitud la soledad que la calle les brindó y la sensación de juventud recuperada."

Mientras ella servía la copa de vino que le había ofrecido, él abordó el tema que había estado conteniendo desde ayer en la tarde. – María, tú cantaste en la cantoría cuando tenías unos 16 o 17 años? – Dejó de servir vino en la copa y lo miró como si se tratase de un fantasma, enseguida comprendió. – Sí, cómo lo sabes, por la foto que publiqué en mi perfil? – terminó de servir la copa y se la ofreció, las chocaron una vez más, como lo estuvieron haciendo durante la cena. – Yo ensayé con ustedes en varias ocasiones, me llamaban eventualmente para apoyar a los barítonos. No me recuerdas? Yo te recuerdo perfectamente, eras mezzo y te sentabas junto a Adriana Ponce. Tu nombre cambió pero el mío sigue siendo el mismo. – Rieron, ella un tanto nerviosa. – No te recuerdo, perdona José Luis. – Él continuó – tenía 18 años y estaba locamente enamorado de ti. – María, que había empezado a disfrutar de la comodidad del sofá Kàrlstad, casi se echa la copa de vino encima, alcanzó a colocarla sobre la mesa de centro Liatörp, escurriendo antes con sus manos algunas gotas que se habían volcado, juntó sus rodillas y lo miró con atención, sin volver a recostarse del respaldar. José Luis disfrutó de sus gemelos lustrosos ahorcados por los ajustes de las botas del pantalón. – Intenté en varias ocasiones acercarme pero eras inalcanzable. – Ambos rieron, ella un poco más relajada. – En esa época jamás hubiera pensado que terminaría enseñando economía, mi verdadera pasión era la composición – ella no dejaba de clavarle su mirada de asombro – sin embargo la música que escribí no la tocaron, así que poco tengo que mostrarte, sólo quería, quiero – corrigió – obsequiarte una partitura que es muy importante para mí, me ha acompañado por años. Es lo mejor que he escrito. – No daba crédito a lo que veía, José Luis sacaba una partitura enorme escrita a lápiz con una hermosa caligrafía. La primera página tenía escrito en letras grandes: PERFIL DEL TIEMPO. En letras más pequeñas, añadidas recientemente en tinta, había una dedicatoria: A RJ. Desplegó aquel enorme manuscrito sobre el atril del piano, en el que se sujetó a duras penas, y sin rodeos ni mayor introducción comenzó a ejecutar la pieza en un lenguaje casi podría decirse que cinematográfico. Mientras le describía cada pasaje que conformaba la pieza, tocaba y cantaba partes de instrumentos, con la intención de darle una idea del colectivo que sólo él podía escuchar en su interior; sin dejar de gesticular, de dirigir el imaginario conjunto de músicos. María se derretía, se acercó hasta él para poner sus manos sobre sus hombros mientras seguía mirando atónita la partitura y escuchando con atención. Repentinamente lo había desnudado en su imaginación, podía detallar cada palmo de su fisonomía mientras él proseguía inmerso en su análisis, sentado en la banqueta del piano con las piernas cruzadas y moviendo las manos sin cesar entre el teclado y la partitura. No pudo evitar apoyar su vientre sobre su espalda, él recibió con absoluta naturalidad el contacto y continuó su representación sin detenerse. Cuando llegó el momento del solo de mezzo que había escrito especialmente para ella, María se dejó caer sobre el sofá. Nunca había sentido algo así, era mejor que un orgasmo, y duró los dos o tres minutos siguientes en los que él prosiguió explicando, con todo detalle, cómo tenía que sonar su voz en aquel pasaje que cambiaría de forma inesperada la topología de su árbol de decisiones; pues ya no sabía de dónde venía y a dónde iba, cuál sería su futuro ni cuál era su pasado. Cuando José Luis llegó a la doble barra final, cerró los ojos, bajó la cabeza y tomó unos segundos para recuperarse, luego giró 180 grados sobre sí mismo, levantando sus piernas sobre la banqueta, para quedar sentado frente a ella, quién permanecía tumbada en el sofá. Llevándose las manos a la cabeza, entre peinándose y jalándose el pelo, en un claro gesto para disimular su incapacidad de mirarla directamente a los ojos que recordaba al muchacho tímido que había sido, le dijo: Pues sí Regina, estaba enamorado,  pero yo era invisible y tú inaccesible – entonces una risa catártica, purificadora, los conmocionó.

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