sábado, 16 de junio de 2012

Última Apuesta (relato)

Ileana Iribarren

Foto: María Teresa Jiménez R.
  Si usted está leyendo esta carta es porque es una persona muy afortunada. Sólo le pido que lea hasta el final, detenidamente, sin saltarse nada. Luego su vida habrá cambiado para siempre.
  En un juego de azar, usted apuesta una pequeña suma de dinero a un evento poco probable, si el evento ocurre usted gana una gran suma. La Casa gana poco cuando usted pierde una vez, pero mucho si pierde muchas veces o cuando muchos como usted lo hacen. Se arriesga para ganar, aunque casi siempre se pierda. La fortuna de algunos pocos está fundada en la ruina de muchos.
  Yo fui un hombre afortunado, o más bien, el más afortunado de los hombres. Siempre gané. Espere que le cuente para que vea que no estoy mintiendo.
  Nací en cuna de oro y mis padres fueron los más amorosos y responsables padres que se puedan tener. Seguramente recordará muchas historias de niños ricos infelices. Pues ese no es mi caso. Mis padres vivieron para que yo tuviera todo el amor y la comprensión sin que me faltara nada material. Nunca supe lo que fue la pobreza, ni la enfermedad, ni la soledad.
  Fui también suertudo en el amor. Me casé con la más hermosa y dulce de las mujeres y mi vida con ella fue plena en todo sentido. Nunca la sombra del tedio o del desamor siquiera intentó opacar nuestra vida en común.
  Usted se estará preguntando por qué comencé hablándole de riesgo si en lo que acabo de contar mi suerte y mi fortuna no fueron consecuencia de un riesgo que corrí. Entonces usted me está comprendiendo. Fue exactamente en ese punto que comenzó todo.
  Cada mañana, que me despertaba arrullado por los mimos de mis seres queridos y rodeado de todo aquello que hacía mi vida más fácil y cómoda, me preguntaba lo mismo que usted: ¿por qué tengo todo lo que los demás ansían?,¿qué he hecho yo para merecerlo? Esta pregunta me atormentaba, y aunque le parezca absurdo fue el origen de mi desgracia.
  Fui acercándome poco a poco a la idea de hacer algo que me hiciera correr riesgos. ¿Qué camino más fácil para alguien como yo que iniciarme en los juegos de azar?
  Comencé a ir una vez a la semana a un casino. Jugaba pequeñas sumas y me divertía constatando que casi siempre ganaba. Digo casi siempre, pero en realidad era siempre. Podía perder alguna partida pero siempre regresaba a casa con el doble o el triple del dinero que había apostado.
Foto: María Teresa Jiménez R.
  De una vez pasé a dos, y a tres veces por semana, y finalmente a ir a diario al casino. Nadie se preocupaba mucho de mi nueva afición. Mi mujer bromeaba sobre mi buena estrella, sabía que yo había nacido para ganar.
  Sin darme mucha cuenta y sin contar con el más mínimo reproche por parte de los míos me fui convirtiendo en un ludópata.
Mi suerte molestaba a las casa de juego, que comenzaron a verme con desconfianza. Sospechaban de mi suerte limpia y se empeñaban en vigilarme. Evitando las molestas requisas a las que me sometían cambiaba regularmente de casino. A veces viajaba kilómetros para buscar algún lugar donde no me conocieran.
  Una noche entré a un casino desconocido. Era más bien una casa de juego medio pobre en un barrio un poco sórdido, cerca del puerto, donde no tenía ninguna costumbre de ir. En ese lugar la gente era diferente, ahora puedo decir que eran todos, hombres y mujeres, “jugadores duros”. La diferencia no estaba sólo en sus rostros y en sus vestimentas, sino en la actitud que tenían hacia el juego. Aunque ya había estado en casi todos los locales de juego de la zona, eso era nuevo para mí. Me sentí como un principiante frente a aquellos jugadores que parecían tomar el juego como una causa de vida o muerte.
  Curiosamente fui aceptado sin reservas en aquel lugar que se convirtió en mi segunda casa. Mi suerte provocaba en mis nuevos colegas más admiración que desconfianza. Me volví parte de aquello que se parecía más a una cofradía que a un antro.
  Una noche que me adentré a un pasillo en busca de un teléfono público, descubrí una puerta entreabierta que daba a un salón que yo no conocía. Escuché voces familiares detrás de la puerta y decidí espiar. No tardé mucho en darme cuenta de que en aquella sala se estaba jugando. Se estaba jugando el juego más extremo, el más arriesgado de todos los juegos.
Foto: María Teresa Jiménez R.
  Alcancé a ver a un grupo de hombres y mujeres sentados alrededor de una mesa redonda. No podía distinguir a las personas por lo estrecho de la rendija. Sobre la mesa había una caja de madera. La tapa de la caja era de cristal y tenía grabado el número 357. Un hombre vestido de negro que llevaba unos guantes de piel, igualmente negros, abrió la caja y sacó un revólver. Cargó el arma con una sola bala y con un gesto, tan ceremonial como certero, le dio un golpe haciendo girar el barrilete. Vi entonces, ayudado por la sombra que se proyectaba en la pared del fondo, como una de las personas tomaba el revólver y se lo llevaba a la sien. En ese momento sentí el aumento repentino del número de pulsaciones de mi ritmo cardíaco y los músculos de mis piernas parecían haber perdido su firmeza. Sin esperar más, salí, sin correr pero apresuradamente, de aquel lugar y nunca más regresé.
  Traté de retomar mis inocentes juegos en los casinos de siempre pero nunca más sentí un ápice de emoción. La llama que encendía en mi cerebro la adrenalina con el juego se había extinguido como la de una vieja lámpara que se queda sin combustible. La escena del cuarto de la ruleta rusa me perseguía día y noche. Me volví un hombre hosco y taciturno. Mi mujer pensó que estaba enfermo y me hacía someter a aburridos exámenes médicos, siempre para encontrar que gozaba de perfecta salud. Me obligaba a ir a los casinos y me revisaba al volver para constatar que mi suerte seguía intacta.
  Hoy fui al casino. Jugué como nunca, aposté y aposté lo que ganaba, dejando a todos atónitos ante mis inquebrantables éxitos. Gané un millón de dólares, amigo o amiga, que ahora le pertenecen y que usted encontrará en la caja de seguridad del banco identificada con el número 357 y de la cual le estoy dejando la llave en el sobre que contiene esta carta.
  Compré un revólver, le daré vueltas al barrilete y dispararé una vez a mi sien en una habitación de este hotel. Si usted está leyendo esta carta es porque mi suerte no cambió.


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9 comentarios:

  1. Me gustó mucho!!! Además que ando con la adrenalina alborotada por unos medicamentos que me producen ansiedad. Besos a las dos!

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  2. la primera foto, tiene una composición interesante y el grito que veo en la otra, cierra la historia. La expresión del relato en fotos es también muy buena.

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  3. Me gustó mucho el relato. Verdaderamente interesante. Muy buenas las fotos también.

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