martes, 22 de mayo de 2012

Cenizas (relato)

Ileana Iribarren

Cuando entré al Juan Sebastián Bar había muy poca gente. Quizás era temprano y yo, como de costumbre, llegando a la hora de la cita. Nadie, pero realmente nadie en Caracas, llega a la hora de la cita. No sé por qué mantengo esa estúpida costumbre y termino siempre esperando al otro. Pero la verdad es que prefiero estar a tiempo, hacer mi propio reconocimiento del lugar, conseguir estacionamiento fácil, y pedir mi copa de vino en solitario. Sólo había unas pocas personas en la barra. Víctor Cuica tocaba el saxofón y sólo lo acompañaba un percusionista que hacía unos pocos toques a la batería como quien no quiere la cosa. En vez de mi acostumbrada copa de vino, pedí un gin tonic.

Foto: María Teresa Jiménez R
Fue cuando el barman me estaba sirviendo, buscándome conversación, preguntándome si esperaba a alguien y qué sé yo que más, cuando lo vi. Estaba casi frente a mí, un poco diagonal, y bebía un güisqui mientras atendía al saxo de Cuica. Dudé un momento si era él, estaba como flaco y ya no tenía bigotes. Cuando estaba segura, sentí ese revuelo en el estómago que otra vez, en otra época de mi vida, sentía cada vez que lo veía. Pero me pareció estúpido y rechacé las señales que me mandaba mi cerebro. Pronto recuperé el aplomo y pensé que igual, lo más probable, es que no se acordara de mí. Habían pasado, tengo que sacar la cuenta, treinta y dos años, desde la última vez que nos vimos. Treinta y dos años de aquel día, en que sentí que el mundo se me venía encima, cuando me dijo que se marchaba a Estados Unidos.
Me quedé mirándolo sin discreción y recordando aquella despedida. Me enfurecí, me le fui encima como una loca y comencé a golpearlo con los puños cerrados. Él bajo la cabeza y dejó que le pegara, a veces, deteniéndome los brazos. Él sabía que me estaba matando y quizás él mismo se estaba suicidando, al menos eso pensaba yo en aquel momento. Su padre había decidido por él y le había ofrecido no sé cuantas cosas con tal de que se fuera. No tuvo coraje, fue un cobarde. Nunca más se comunicó conmigo. O sí, pero por cartas que yo no quise leer y que igual que llegaban las tiraba a la basura.
Víctor Cuica hizo una pausa y se escucharon algunos aplausos. Él estaba tan concentrado en la música que no había tocado su trago. Cuando hizo el gesto de tomar su vaso cruzó su mirada conmigo, que seguía mirándolo insistentemente. Me hizo un gesto de saludo, seguramente pensando que yo le estaba buscando fiesta, pero se quedó sorprendido cuando me paré y caminé hacia donde estaba.
Hola Carlos, le dije como si nada. Se quedó petrificado y se paró de la silla para abrazarme. Julia, Julia, ¿será que estoy borracho?. Pero no has tocado tu trago, le contesté. ¿Qué es de tu vida?, ¿estás sola?. Bueno, espero a una amiga. No, digo, ¿estás con alguien?. No, me divorcié hace unos años. ¿Y tú?. También me divorcié. Me divorcié y me vine a Caracas, mi viejo murió hace una semana. Estás igualita, no has cambiado nada. Tú tampoco, te reconocí apenas te vi. Te he extrañado. Yo también.
Mi amiga no llegó. Había dejado el celular sonar sin pensar en ella. Cuando me di cuenta había varias llamadas perdidas y un mensaje de voz. No voy amiga, me enredé en el trabajo, voy a salir tarde, perdóname esa. No podía ser mejor. Le expliqué que mi amiga me había embarcado y no pudo disimular su satisfacción. ¡Que pena!, ¿qué le pasó?. ¡Que amigas te gastas!. Vamos a una mesa.
La verdad es que no sabía que decirle. No se puede contar treinta dos años en unos minutos. ¿En qué quedamos?, ¿dónde nos quedamos?. Nada, simplemente nada por dónde comenzar. No hablamos del pasado. Pero si no, ¿de qué hablamos?. No hablemos. Vamos a bailar.
Foto: María Teresa Jiménez R
El Ratón. Víctor Cuica estaba tocando El Ratón. Lo mezclaba con Oye Como Va. ¿O estaba tocando Oye Como Va? Perfecto. Nadie bailaba. Nos enlazamos y salimos a la pista. Su olor. Era su mismo olor.
El ritmo de aquel soncito acompasado y el baile bolereao, era como si el tiempo no hubiera pasado. Yo tenía dieciocho años y Carlos apenas un poco más. Nos habíamos escapado juntos unos días a la playa. Choroní, en el carro de su papá, parte del rollo luego. Amanecíamos hablando y besándonos en un chinchorro colgado entre dos cocoteros de Playa Grande. Comíamos pescado frito con las manos en el rancho de Jacinta y lo acompañábamos con cerveza helada. Carlos me enseñó todo lo que había querido saber sobre el sexo y nunca me había atrevido a preguntar en aquel viaje. Luego siguieron clases de perfeccionamiento.
La música paró y Cuica se despidió. Cambio de orquesta. Nos vamos a sentar y nos miramos sin decirnos nada. Ninguno de los dos se atreve a hacer la primera pregunta. ¿Qué haces?, ¿qué estudiaste?, ¿cómo te ganaste la vida?, ¿has sido feliz?. Trivialidades que nos tuvieron ocupados treinta y dos años. La verdad es que no nos interesa. ¿Quieres otro trago? Sí, pero paso al vino. ¿Algo de comer? No, no tengo hambre. Carlos le pide al mesonero una copa de vino y un güisqui.
Sus ojos habían perdido un poco de brillo y los surcos de su rostro estaban tan perfectamente trazados que no puede resistir recorrerlos con las yemas de mis dedos. ¿Recuerdas aquella vez que nos dibujamos con un lápiz de ojos, de esos negros y pastosos, dónde estarían nuestras arrugas?. Sobre todo recuerdo lo que nos costó quitarnos aquel pegoste. Están donde pensamos que estarían. Cuando somos jóvenes sólo estamos preparando nuestro rostro para las arrugas que nos definirán. Tienes unas que no deberían estar, éstas, las que están aquí.
No somos los mismos Julia, no somos los mismos de hace treinta años. Treinta y dos. Da igual. Lo somos de alguna manera. Menos ilusos, eso es todo. Tengo un hijo de veinte años. Vive con su madre en New Jersey. Yo tuve dos niñas, gemelas. Ambas casadas ya. Pronto seré abuela. ¿Y el padre?. Nos separamos cuando las niñas tenías diez años. Desde entonces vivo sola. Yo volví a casarme, dos veces más pero ninguna duró mucho. Ahora quiero instalarme en Caracas. ¿Qué crees que hubiera pasado si nos hubiéramos casado?. ¿Estaríamos divorciados?. Probablemente, siempre fuiste insoportable. No más que tú. Cierto, yo soy mucho peor que tú. Vamos a bailar, ¿Todavía bailas salsa?. Mejor que antes. Vamos.
El grupo de salsa tocaba Marejada Feliz. Casi un bolero. Luego, el cantante, imitando a Héctor Lavoe, comenzó: “Ponte la mano en el bolsillo pa’que toques tu cuchillo y ten cuidao”. Hay fuego en el 23. Un bolero por favor. “Nuestra vidas pudieron ser algo pero no son nada”. No tenemos nada que perder.
¿Por qué crees que la gente se divorcia?. Porque no divorciarse es peor. ¿Y por qué se casa?. Porque no casarse es peor. No hables. No digas nada.
La cercanía y la música, y el Juan Sebastián. ¿Cuántas veces había estado allí?. Cientos de veces y siempre había sido bueno.
¿Realmente había olvidado que este mismo hombre que me apretaba bailando este bolero me había roto el corazón?. ¿Realmente lo había perdonado?. ¿Había perdonado su cobardía?. ¿Su traición?. No solamente lo había perdonado, le estaba agradecida. Le estaba agradecida porque había vivido buena parte de mi vida sin él.
   Hoy he volado las cenizas de Carlos en la playa de Choroní. No me lo pidió, fueron cosas mías. Decía que le daba igual lo que hiciera con sus restos. La primera idea que tuve fue regarlas en el Juan Sebastián Bar, pero seguro que no me iban a permitir andar ensuciando por ahí. En los quince años que siguieron a nuestro encuentro, aquel cuando Víctor Cuica tocaba el saxo, fuimos todos los viernes, el mejor lugar de música latina de Caracas, quien sabe si del Caribe.

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4 comentarios:

  1. Que bueno que hayan encontrado la forma de descargarlo en PDF, claro que la descubrí luego de haber leído todo el cuento, je je. Gracias Ileana y Maritere. Luego les escribo en privado, besos a las dos

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  2. Oye Ileana, qué bueno releerte. Este blog existe aún?.....ah. sí ya Maritere me dice que si.

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