Raúl J. Jiménez R.
Ilustraciones: Daniel Jiménez L.
Fue uno de esos días en que le daba por preguntarse
qué estaría haciendo si hubiese hecho lo que quería y no lo que debía, o al
menos lo que él creyó que debía hacer. Uno de esos días en que se pierde en su
laberinto y, sin importar qué camino escoja, qué pasado reedite o invente,
nunca encuentra salida. En fin, uno de esos días en que sólo logra deprimirse.
Y no hablo de esas depresiones recidivantes por las que algunas deidades del
celuloide terminarán pegándose un chute que inyectará de tinta kilos de pulpa
que al final sólo vende la farándula, ya quisiera él. Hablo más bien de esas
depresiones crónicas que tienen los que alguna vez quisieron hacer algo,
escribir, dirigir, figurar, y se dan cuenta de que cada día que pasa están más
lejos de hacerlo. Esas que ningún noticioso va a comentar. Que ni siquiera sus
pares, que lo ven como un tipo exitoso, todo un catedrático universitario,
pueden advertir. Por eso sabía, estaba seguro, que lo único que tenía sentido
hacer era emplearse en algo que le ofreciese sentirse productivamente ocupado.
No importaba qué, arreglar el water que aún gotea, ir al supermercado a hacer
la compra de la semana, avanzar en su libro sobre economic behavior que parecía que nunca terminaría. De nada sirvió
su retórica, siguió perdido en su laberinto. El ordenador lo ayuda a camuflar
esos estados de ánimo. Ha aprendido a fingir interés frente a la pantalla de su
portátil con la única excusa de no preocupar a su mujer, afligirla sólo
profundiza su melancolía. Una simple página web es una excusa para disimular su
trastorno, en especial si la cumplimenta con eventuales gestos de interés y
clicks de ratón improvisados; que no deben corresponder a un patrón simple,
reconocible, que podría poner en evidencia lo que hace, es decir: nada. Me
pregunto si otros harán lo mismo, si es un comportamiento común el
entristecerse por malgastar el tiempo en estupideces mientras otros lo
aprovechan y hacen con él lo que siempre quisieron hacer. Fue así,
estableciendo conexiones aleatorias, pinchando aquí y allá, que encontró aquel
reportaje. Nada buscaba, su desánimo no se lo hubiera permitido, pero el ver
aquella imagen que recurría a todos los estándares publicitarios para ilustrar
una fascinante mujer de negocios (incluyendo el fetiche de delicados pies
engastados en zapatos de tacón de aguja con
curvatura de empeine rozando el límite de lo imposible) hizo que
despertara de su hibernación. Se incorporó del respaldo de su silla para
detallar la fotografía y escudriñar más de cerca los pliegues de aquellos
pantalones ajustados (de qué se suponía que eran?, lino?), ajustó sus
multifocales para cubrir con nitidez las 19 pulgadas de la pantalla y, sin
dejar de estudiar el cuerpo de la mujer, leyó flashes del reportaje.
"María Justel, directora general de Intelligent Design Solutions, para
Europa, Oriente Medio y Asia, ha conducido una exitosa reingeniería, aumentando significativamente las ventas y
consolidando una expansión con sedes en EE.UU. y Brasil". La chaqueta del
conjunto (sí, debía de ser lino) estaba desabrochada de par en par y el
profundo escote en U le hacía lucir sus turgentes senos. "...la empresa
que dirige ha desarrollado una novedosa tecnología para predecir...".
Cuántos años habían pasado sin haber tenido una referencia de ella, doce?,
trece? Había aparecido en alguna que otra conversación de sobremesa cuando él
aún estaba en comisión de servicios en la universidad, en discusiones sobre el
reciclamiento de académicos a la empresa, pero en algún momento dejaron de
mencionarla. Usaba el corte a los hombros y, aunque su mirada trasmitía mucha
dulzura, su boca le resultó extraordinariamente carnal.