Ileana Iribarren
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| Foto: María Teresa Jiménez R |
Machurucuto
5 Km. La carretera está llena de huecos, tengo que recortar a cada rato.
Tardamos más de la cuenta en encontrar la salida. Pablo está impaciente.
Atravesamos un pueblo, más bien un caserío, una calle en peor estado que la
carretera, con algunas casas humildes, nos lleva directo a la playa. No hay
casi nadie. Dejamos el carro y nos bajamos a caminar por la arena. La playa
está partida en dos por la desembocadura de un río. Atravesamos el río cuando
ya entra en el mar. Me mojo el vestido. Pablo se ríe de mi intento por
permanecer seca. El sol pica, son casi las diez de la mañana. Caminamos hacia el
oeste. Vemos un pequeño cementerio. Está lleno de monte y cruces de madera
roídas por el tiempo y el salitre. Pablo prefiere caminar entre las tumbas y yo
me alejo, no me gustan los cementerios.
En un caney
una familia prepara un sancocho. Parecen del lugar y me acerco. Son muchos, de
todas las edades. Niños, como cuatro; adultos, dos mujeres y un hombre que
deben tener unos cincuenta años; una anciana, muy viejita, imposible calcularle
la edad, su piel está surcada por el tiempo y brilla, pulida por el mar. Les
pregunto si son del pueblo y todos asienten. Les pregunto si recuerdan el
llamado “Desembarco de Machurucuto”, hace cuarenta años.
“Desembarco”
hace pensar en el Desembarco de Normandía. Muchos barcos, soldados
descendiendo, plomo, muertos en la playa. Operación militar. Cubanos bajo las
órdenes de Fidel Castro invaden las costas venezolanas, el 11 de mayo de 1967.
Venezuela protesta ante la OEA la intromisión extranjera.
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| Foto: María Teresa Jiménez R |
Pablo se
acerca a donde estoy conversando con la familia. Les he dicho que soy
periodista y que estoy escribiendo un reportaje a propósito del cuadragésimo
aniversario del desembarco. Eso les emociona y todos quieren hablar. La mujer
dice recordarlo todo, estaba pequeña pero recuerda perfectamente ese día.
En aquellos
días mi hermana mayor hacía comida para vender. Yo la ayudaba a servir. Tenía
unas cuantas mesas y por ahí pasaban todos. Los militares y los guerrilleros.
¡Claro que no juntos! Ella se las arreglaba para tener clientes de los dos
bandos. Mataba veinte pollos, o un cochino y servía comida para todo el mundo, en
dos tandas. A mi hermana le gustaba un guerrillero cubano. Era un hombre
blanco, buenmozo, altísimo y fuerte. Se vestía con bluyines americanos y
camisas de cuadros. Llevaba siempre un reloj finísimo en la muñeca. Ella se
enredó con ese hombre que venía a verla de vez en cuando al rancho, cuando caía
la noche. Lo llamaban el Comandante Trueno y todos lo respetaban. Ese muchacho
que tú ves allá, ese mismo es hijo del cubano. De vez en cuando había tiroteo,
pero de lejos. Los guerrilleros estaba en El Bachiller, que está allá en la
montaña, pasando la carretera.
Pablo se ha
acercado y escucha atentamente. A la descripción que hace la mujer del
guerrillero, me dice en voz baja: “Ese ha debido ser Arnaldo Ochoa”. La anciana
no habla mucho pero agrega a veces frases como. “Así mismo era”, “como ella lo
dice”, “esa es la verdad”.
A propósito
del aniversario del desembarco y de nuestra intención de ir a Machurucuto leo
un artículo en la prensa el día anterior a nuestro viaje: … soldados
venezolanos dieron sus vidas defendiendo la soberanía nacional…
Imagino el
desembarco. Hombres que bajan de barcos y el ejército venezolano que los
espera. Ráfagas de ametralladoras hacia el mar y desde el mar. Cuerpos que caen
heridos o muertos de ambos bandos. ¿Cuántos son? Ni idea pero deben ser muchos
si ponen en riesgo la soberanía nacional. ¿Cuántos barcos? ¿Cuántos muertos?
Un barco,
ocho cubanos y cuatro venezolanos vienen en él. Dos botes que descienden
juntos. Traen dinero y armas para aprovisionar a los que están en El Bachiller.
El motor de uno de los botes se apaga. Varios intentos de hacerlo arrancar
fallan. Ha pasado más de una hora. Los de la costa ya no deben estar esperando.
Antonio da la orden a sus compañeros de pasarse al otro bote y de regresar al
barco. Él va a nadar hasta la orilla y llegará hasta El Bachiller. Está muy
oscuro. No hay luna. No hay nadie. El segundo bote se aleja y Antonio nada
durante varias horas. Está cerca de la orilla, como a una milla, pero la
corriente lo jala hacia adentro. Ya exhausto toca fondo. Llega a la playa. No
hay nadie. No ve el barco. No ve el bote.
¡Eso no fue
un desembarco! Aquí llegó un muchacho medio muerto de hambre y de sed. Venía
solo. Con la piel chamuscada de tanto sol. Los labios partidos. El pobre llegó
arrastrándose y pidiendo agua y comida. Los militares andaban rondando la zona
desde hacía varios días. Había helicópteros sobrevolando la playa y un trajín
día y noche. Nosotros no preguntábamos nada porque nada nos decían. Esos días
nadie vino a comer a casa de mi hermana. La duda se vino a despejar cuando
apareció el cubano. En seguida lo rodearon. Varios hombres uniformados le
apuntaban a la cabeza. Yo estaba en la playa con mi papá y él me mandó para la
casa. “Anda muchacha, váyase pa’la casa”, me dijo y yo no quería
obedecerle impresionada de ver a aquel muchacho medio muerto y a los otros
apuntándole como si fuera peligroso.
Al fin
Antonio ve algo que puede ser un poblado. Desembarcaron en un lugar que
llamaban El Cocal de los Muertos. La verdad es que el nombre le venía justo.
Había cocos a granel, pero él no quería ser el muerto. El poblado debe ser
Machurucuto. Sus compañeros se habían ido. Él les ordenó que lo dejaran. No
podía reprochárselos pero hubieran podido regresar.
La mujer
calla y su hermano toma la palabra. Es mayor. Estuvo allí. Estaba pescando con
mi tío y vimos un hombre que se acercaba a lo lejos. Hacía mucho esfuerzo por
caminar. Traía una camisa amarrada en la cabeza y nos hizo señas. Mi tío se
asustó y me dijo que me quedara quieto. Dejó que el muchacho llegara hasta
nosotros sin hacer un gesto para ayudarlo. El muchacho le pidió agua y comida,
le dijo que estaba muy cansado. Mi tío le dio agua y miraba hacia todos lados,
se le notaba preocupado. Estábamos allá, donde está aquel palo. Desde el pueblo
no nos veían. Mi tío lo acercó a una sombra y le preguntó quién era. Él no
contestaba nada. Sólo bebía de la cantimplora.
Ve a un
hombre con un niño que pesca en la orilla. Antonio piensa que está a salvo. Le
darán comida y agua. Sólo piensa en comer y beber. El hombre no se apresura a
ayudarlo. Cuando llega a su lado le da agua y lo lleva hasta una sombra. Quiere
saber quién es. No puede decirle, además si habla mucho lo delata el acento.
Quizás lo tomen por un náufrago. El hombre le dice que se acercarán al pueblo
para darle algo de comida. Acepta, no cree que esté en peligro, el hambre no lo
deja pensar en otra cosa. Estos pueblos están muy perdidos y no pueden saber
que él está aquí. Hace ya dos días que no ve los helicópteros. El barco debe
estar ya lejos. Nadie lo vio. Nadie sabe que él está allí. Prefiere no mostrar
su inquietud.
Pero cuando
veníamos llegando al pueblo, ayudando al pobre hombre que ya casi no se tenía
en pie, no sé de donde empezaron a llegar militares. Un montón de soldados
armados hasta los dientes nos rodearon apuntándonos. Mi tío les pidió que me
dejaran ir. Decía que él no sabía nada del hombre, que lo había encontrado en
la playa mientras pescaba. Los soldados me soltaron pero un militar dio la
orden de que se llevaran a mi tío para interrogarlo. El hombre quedó solo.
Todas las armas lo apuntaban. Estaba desarmado. No podía ser peligroso. Pero
había una movilización como si se tratara de un criminal.
Las tropas
venezolanas han apresado a un grupo de guerrilleros cubanos que desembarcaron
en las costas de Machurucuto. Luego de un cruento enfrentamiento donde han
perdido la vida varios valientes venezolanos, los cubanos han sido detenidos y
pasado a la orden de las autoridades.
Yo corrí a
donde estaba la gente del pueblo. La gente gritaba que dejaran a mi tío. Que él
no tenía nada que ver. Los soldados seguían apuntando al cubano. Lo insultaban
y le daban patadas.
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| Foto: María Teresa Jiménez R |
Pablo mira
hacia la playa. Tiene los ojos grandes y unas pestañas exageradas. Sus ojos
esta vez sirven para delatar su tristeza.
La mujer lo
mira y me mira. Tú no eres ninguna periodista, me dice. No puedo mentir, Pablo
me mira. Le digo a la mujer, a todos los de la familia: él es el sobrino de ese
muchacho, el que mataron en la playa. Se llamaba Antonio Briones.



Chévere por las dos blogeras!
ResponderEliminarGracias, gracias
EliminarBuena narración en dos tiempos, Ileana. Me gusta mucho!
ResponderEliminarGracias Mario, me alegra que te haya gustado!
ResponderEliminarMuy bueno. Interesante versión del "desembarco de Machurucuto".
ResponderEliminarLas fotos excelentes!
Felicitaciones a las dos
Muchas gracias, me alegro que te gustara el relato y las fotos
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