viernes, 13 de abril de 2012

El Cocal de Los Muertos (relato)

Ileana Iribarren


Foto: María Teresa Jiménez R
Camina descuidadamente por la playa. Bestias mitológicas esculpidas por el mar en enormes troncos resguardan la infinitud de la playa. Los saluda, son lo más parecido a gente que ve desde hace tres días. Camina hacia el este, el poniente a su espalda. Los pies se hunden en la arena mojada, pisa una concha de caracol. Duele. No ha probado más comida que algunos animalitos de chipichipi o guacucos; hay muchos, pero son minúsculos. Lo han salvado los cocos, tienen agua y pulpa. Dicen que alcanza para alimentarse. La piel arde y se resquebraja de tanto sol. La playa es infinita, se pierde de vista. Escoge unas cuantas palmas secas y prepara un refugio para pasar la noche. Un palo grueso y alisado por el mar sirve de almohada. La brisa se ha ido a otro lugar. Los jejenes pican, ya casi no los siente. Un cocotero no muy alto le habla de la cena. Con la pericia que ha adquirido agarra los cocos sin mucha dificultad. Al menos tiene su cuchillo y toma su único alimento. Permanece despierto todo lo que puede. No quiere soñar. El cansancio lo quiere dominar. Busca ramas secas, hace fuego, se distrae con las llamas. Duerme al lado de las brasas. No ha usado el refugio.

Machurucuto 5 Km. La carretera está llena de huecos, tengo que recortar a cada rato. Tardamos más de la cuenta en encontrar la salida. Pablo está impaciente. Atravesamos un pueblo, más bien un caserío, una calle en peor estado que la carretera, con algunas casas humildes, nos lleva directo a la playa. No hay casi nadie. Dejamos el carro y nos bajamos a caminar por la arena. La playa está partida en dos por la desembocadura de un río. Atravesamos el río cuando ya entra en el mar. Me mojo el vestido. Pablo se ríe de mi intento por permanecer seca. El sol pica, son casi las diez de la mañana. Caminamos hacia el oeste. Vemos un pequeño cementerio. Está lleno de monte y cruces de madera roídas por el tiempo y el salitre. Pablo prefiere caminar entre las tumbas y yo me alejo, no me gustan los cementerios.

En un caney una familia prepara un sancocho. Parecen del lugar y me acerco. Son muchos, de todas las edades. Niños, como cuatro; adultos, dos mujeres y un hombre que deben tener unos cincuenta años; una anciana, muy viejita, imposible calcularle la edad, su piel está surcada por el tiempo y brilla, pulida por el mar. Les pregunto si son del pueblo y todos asienten. Les pregunto si recuerdan el llamado “Desembarco de Machurucuto”, hace cuarenta años.

“Desembarco” hace pensar en el Desembarco de Normandía. Muchos barcos, soldados descendiendo, plomo, muertos en la playa. Operación militar. Cubanos bajo las órdenes de Fidel Castro invaden las costas venezolanas, el 11 de mayo de 1967. Venezuela protesta ante la OEA la intromisión extranjera.

Foto: María Teresa Jiménez R
El sol en la cara lo despierta y descubre que se ha dormido en la arena, al lado del fuego. Tiene hambre y sed. Busca los cocos. Abre uno, está casi seco pero tiene bastante pulpa. Come la carne blanca y dura. Tiene que pescar algo. ¿Qué se habrán hecho los otros? Les dio órdenes de regresar al barco. Estaba muy oscuro. Maldito bote de mierda. ¿Quién sería el que revisó el motor del bote?

Pablo se acerca a donde estoy conversando con la familia. Les he dicho que soy periodista y que estoy escribiendo un reportaje a propósito del cuadragésimo aniversario del desembarco. Eso les emociona y todos quieren hablar. La mujer dice recordarlo todo, estaba pequeña pero recuerda perfectamente ese día.

En aquellos días mi hermana mayor hacía comida para vender. Yo la ayudaba a servir. Tenía unas cuantas mesas y por ahí pasaban todos. Los militares y los guerrilleros. ¡Claro que no juntos! Ella se las arreglaba para tener clientes de los dos bandos. Mataba veinte pollos, o un cochino y servía comida para todo el mundo, en dos tandas. A mi hermana le gustaba un guerrillero cubano. Era un hombre blanco, buenmozo, altísimo y fuerte. Se vestía con bluyines americanos y camisas de cuadros. Llevaba siempre un reloj finísimo en la muñeca. Ella se enredó con ese hombre que venía a verla de vez en cuando al rancho, cuando caía la noche. Lo llamaban el Comandante Trueno y todos lo respetaban. Ese muchacho que tú ves allá, ese mismo es hijo del cubano. De vez en cuando había tiroteo, pero de lejos. Los guerrilleros estaba en El Bachiller, que está allá en la montaña, pasando la carretera.

Pablo se ha acercado y escucha atentamente. A la descripción que hace la mujer del guerrillero, me dice en voz baja: “Ese ha debido ser Arnaldo Ochoa”. La anciana no habla mucho pero agrega a veces frases como. “Así mismo era”, “como ella lo dice”, “esa es la verdad”.

A propósito del aniversario del desembarco y de nuestra intención de ir a Machurucuto leo un artículo en la prensa el día anterior a nuestro viaje: … soldados venezolanos dieron sus vidas defendiendo la soberanía nacional…

Imagino el desembarco. Hombres que bajan de  barcos y el ejército venezolano que los espera. Ráfagas de ametralladoras hacia el mar y desde el mar. Cuerpos que caen heridos o muertos de ambos bandos. ¿Cuántos son? Ni idea pero deben ser muchos si ponen en riesgo la soberanía nacional. ¿Cuántos barcos? ¿Cuántos muertos?

Un barco, ocho cubanos y cuatro venezolanos vienen en él. Dos botes que descienden juntos. Traen dinero y armas para aprovisionar a los que están en El Bachiller. El motor de uno de los botes se apaga. Varios intentos de hacerlo arrancar fallan. Ha pasado más de una hora. Los de la costa ya no deben estar esperando. Antonio da la orden a sus compañeros de pasarse al otro bote y de regresar al barco. Él va a nadar hasta la orilla y llegará hasta El Bachiller. Está muy oscuro. No hay luna. No hay nadie. El segundo bote se aleja y Antonio nada durante varias horas. Está cerca de la orilla, como a una milla, pero la corriente lo jala hacia adentro. Ya exhausto toca fondo. Llega a la playa. No hay nadie. No ve el barco. No ve el bote.

¡Eso no fue un desembarco! Aquí llegó un muchacho medio muerto de hambre y de sed. Venía solo. Con la piel chamuscada de tanto sol. Los labios partidos. El pobre llegó arrastrándose y pidiendo agua y comida. Los militares andaban rondando la zona desde hacía varios días. Había helicópteros sobrevolando la playa y un trajín día y noche. Nosotros no preguntábamos nada porque nada nos decían. Esos días nadie vino a comer a casa de mi hermana. La duda se vino a despejar cuando apareció el cubano. En seguida lo rodearon. Varios hombres uniformados le apuntaban a la cabeza. Yo estaba en la playa con mi papá y él me mandó para la casa. “Anda muchacha, váyase  pa’la casa”, me dijo y yo no quería obedecerle impresionada de ver a aquel muchacho medio muerto y a los otros apuntándole como si fuera peligroso.

Al fin Antonio ve algo que puede ser un poblado. Desembarcaron en un lugar que llamaban El Cocal de los Muertos. La verdad es que el nombre le venía justo. Había cocos a granel, pero él no quería ser el muerto. El poblado debe ser Machurucuto. Sus compañeros se habían ido. Él les ordenó que lo dejaran. No podía reprochárselos pero hubieran podido regresar.

La mujer calla y su hermano toma la palabra. Es mayor. Estuvo allí. Estaba pescando con mi tío y vimos un hombre que se acercaba a lo lejos. Hacía mucho esfuerzo por caminar. Traía una camisa amarrada en la cabeza y nos hizo señas. Mi tío se asustó y me dijo que me quedara quieto. Dejó que el muchacho llegara hasta nosotros sin hacer un gesto para ayudarlo. El muchacho le pidió agua y comida, le dijo que estaba muy cansado. Mi tío le dio agua y miraba hacia todos lados, se le notaba preocupado. Estábamos allá, donde está aquel palo. Desde el pueblo no nos veían. Mi tío lo acercó a una sombra y le preguntó quién era. Él no contestaba nada. Sólo bebía de la cantimplora.

Ve a un hombre con un niño que pesca en la orilla. Antonio piensa que está a salvo. Le darán comida y agua. Sólo piensa en comer y beber. El hombre no se apresura a ayudarlo. Cuando llega a su lado le da agua y lo lleva hasta una sombra. Quiere saber quién es. No puede decirle, además si habla mucho lo delata el acento. Quizás lo tomen por un náufrago. El hombre le dice que se acercarán al pueblo para darle algo de comida. Acepta, no cree que esté en peligro, el hambre no lo deja pensar en otra cosa. Estos pueblos están muy perdidos y no pueden saber que él está aquí. Hace ya dos días que no ve los helicópteros. El barco debe estar ya lejos. Nadie lo vio. Nadie sabe que él está allí. Prefiere no mostrar su inquietud.

Pero cuando veníamos llegando al pueblo, ayudando al pobre hombre que ya casi no se tenía en pie, no sé de donde empezaron a llegar militares. Un montón de soldados armados hasta los dientes nos rodearon apuntándonos. Mi tío les pidió que me dejaran ir. Decía que él no sabía nada del hombre, que lo había encontrado en la playa mientras pescaba. Los soldados me soltaron pero un militar dio la orden de que se llevaran a mi tío para interrogarlo. El hombre quedó solo. Todas las armas lo apuntaban. Estaba desarmado. No podía ser peligroso. Pero había una movilización como si se tratara de un criminal.

Las tropas venezolanas han apresado a un grupo de guerrilleros cubanos que desembarcaron en las costas de Machurucuto. Luego de un cruento enfrentamiento donde han perdido la vida varios valientes venezolanos, los cubanos han sido detenidos y pasado a la orden de las autoridades.

Yo corrí a donde estaba la gente del pueblo. La gente gritaba que dejaran a mi tío. Que él no tenía nada que ver. Los soldados seguían apuntando al cubano. Lo insultaban y le daban patadas.

Antonio está en el medio de un círculo de ametralladoras que lo apuntan. El sol no le deja ver las caras de los soldados. Sólo ve unas sombras, unos cascos, todo en negro. Le gritan “cubano de mierda” y le dan patadas en la cara. Antonio piensa en sus hijos. Antonio piensa en su madre. Antonio piensa en Cuba. ¿Qué carajo hace en esa playa? Antonio maldice a Fidel.

Foto: María Teresa Jiménez R
    Lo mataron ahí mismo. Abrieron una fosa en la playa  y lo enterraron. Luego se fueron. En la noche los guerrilleros vinieron y se lo llevaron.

Pablo mira hacia la playa. Tiene los ojos grandes y unas pestañas exageradas. Sus ojos esta vez sirven para delatar su tristeza.

La mujer lo mira y me mira. Tú no eres ninguna periodista, me dice. No puedo mentir, Pablo me mira. Le digo a la mujer, a todos los de la familia: él es el sobrino de ese muchacho, el que mataron en la playa. Se llamaba Antonio Briones.

La anciana dijo algo que sonó más o menos así: no se puede creer todo lo que te cuentan.

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