lunes, 23 de abril de 2012

Cadenza en RE Menor (relato)

Raúl J. Jiménez R.
Ilustración: Daniel Jiménez Lugo

"Lo que brilla es obra de un momento:
lo verdaderamente bello no es nunca perdido
para la posteridad" (Goethe)

Salió temprano, quería haber llegado al camerino antes que el resto de los músicos, evitar el protocolo tras bastidores, pero el atasco fue tremendo. No sólo lo había retrasado la enorme cola, estado estacionario al que parecía haber convergido el tránsito de la ciudad; el operativo desplegado en las inmediaciones del teatro por la celebración del acto al que asistiría el presidente lo había detenido en cada uno de sus anillos de seguridad. Incluso le hicieron abrir su estuche en dos ocasiones. La gota que desbordó el vaso, y que terminó de desbaratar la serenidad y concentración alcanzada en la habitación del hotel, fue un guardia que intentó coger il suo cannone para verificar a través de sus efes que nada contenía. Pero, a quién se le podría ocurrir hacer algo así?, soltar de improviso una Uzi, dejándola pendular de un costado como si se tratase de una cantimplora, sin ni siquiera tener el cuidado de alejar el cañón que podría dañar la cubierta con sólo rozarla, para coger un instrumento como el suyo y zarandearlo e inspeccionarlo a través de sus calados. No le importó que miembros de la orquesta consintieran ese trato, perdió la compostura por completo y sin disposición de negociar cerró el estuche, retirando bruscamente los brazos del guardia de un empellón. Cualquier desenlace hubiera sido posible si el sargento de guardia no hubiese intervenido inmediatamente. Se excusó, no sin antes explicarle a su subalterno que se trataba de El Maestro, y lo acompañó a través de los pasillos del complejo cultural hasta asegurar su entrada a la sala. Se refugió lo más rápido que pudo en el camerino que le habían preparado, cerró la puerta e intentó tranquilizarse. Recordó la aprensión que había sentido de tocar en las condiciones que algunos de sus amigos le advirtieron antes de viajar.  Cuántos años había estado sin tocar en su país? Conocía perfectamente la respuesta, había sacado la cuenta de distintas maneras y siempre daba el mismo resultado: los suficientes como para haber escapado de la insólita lista de vejaciones que fue recolectando entre cervezas a la salida de los ensayos de la última semana. 

Colgó la chaqueta del smoking, se remangó las mangas y entró al lavabo, quería eliminar las secreciones que sus glándulas suprarrenales habían estado emanando desde que sopesó que llegaría tarde. Con el rostro y parte del flequillo aún mojado se vio en el espejo, hacía tiempo que había dejado de ser el muchacho que se tomaba cada actuación como si fuera la primera y la última, y se dijo, una vez más, que sólo era otro concierto. Mientras se secaba con fuerza, en un decidido intento de despojarse de la mala sensación que generó el encuentro con el guardia, terminó de tomar el control en sí mismo y regresó por la réplica del legendario Guarnieri. Anudando la toalla improvisó una pelota de basket que lanzó al rincón opuesto de la habitación y cogió el violín en sus brazos. Lo amoldó elegantemente a su cuello y apoyó, levemente, su mejilla sobre él. El arco sobre la segunda cuerda llenó el camerino de un sonoro y brillante LA, tal y como lo había dejado, en 442. Cerró los ojos, concentrando su audición en los armónicos que vibraban por simpatía al sonar el resto de las cuerdas al aire. Nunca dejaba de maravillarlo ese instrumento, estaba perfectamente afinado. Comenzó a calentar como siempre lo hacía, y mientras sus dedos ascendían y descendían en escalas mayores recordó la primera vez que tocó su hierro:

A diferencia de la mayoría de sus compañeros, decidió emigrar antes de que el régimen terminara de instalarse. Sin embargo, su decisión no sólo obedeció a su genuina aspiración de hacer carrera internacional, también sintió una desesperada necesidad de escapar, en su caso, del sistema. Es cierto que le debía mucho a la orquesta, que había financiado sus estudios, brindado la oportunidad de tocar con grandes maestros, que lo había señalado como uno de sus elegidos; pero en ella fue siempre un tigre enjaulado al que sólo soltaban bajo la vigilante batuta de su fundador, quien fijaba su repertorio, decidía por él como vestirse, con quién relacionarse. Aunque no tuviera ni la edad ni las fuerzas como para practicar los ejercicios de posesión con los que depredó entre la camada de jóvenes y talentosos músicos de su generación, éste seguía siendo un demonio, sólo que ahora sus presas volaban en las más altas esferas del poder. – Arpegios mayores, con los que jugueteaba introduciendo de tanto en tanto sextas y séptimas, siguieron a la serie de escalas ­– Después de cierto kilometraje, entre giras con la orquesta y alguna que otra participación en concursos de violín, llegó a pensar que su momento había pasado y que su oportunidad no llegaría. Nunca habría imaginado que un concierto privado le ofreciera el pasaporte que ansiaba, menos que el mérito se debiese al feeling que tanto habían tratado de reprimirle sus primeros maestros.  Aquella pareja de filántropos quedó prendada de su estilo, literalmente deliraron con su versión caribeña del capricho vienés de Kreisler. Con ellos llegó su adorado Guarnieri y el primer patrocinio para desarrollar su carrera como solista.

Su arco respondía como una máquina de precisión y sus dedos saltaban de cuerdas y posiciones con exactitud nanométrica mientras ejecutaba algunos pasajes de Ernst, Paganini y Wieniawski que siempre incluía en sus sesiones preparatorias. Partículas de pezrubia salían expedidas de las cerdas y quedaban suspendidas por segundos en su entorno, envolviéndolo una aureola amarillenta. Sonreía. Su frente había ganado más de un centímetro de cuando comenzó a calentar. Tocaba erguido, como si divisase algo a lo lejos, sólo arqueaba su dorso por instantes, en pasajes que la música demandara el gesto, para luego volver a erguirse con ímpetu. – Lamento importunarlo maestro pero quieren saludarlo antes del concierto – anunció una voz tras unos inaudibles golpes a la puerta. Sin más preámbulo, irrumpió una pequeña corte conformada por varios miembros directivos de la orquesta presididos por su fundador. Costaba creer que aquella momia ambulante aún ostentara tanto poder. Un solemne silencio se produjo entre los saludos y palmadas que le profería el comité de recepción mientras el anciano le cogió la cara con sus huesudas y largas manos, hasta obligarlo a encorvarse a sus 1,58 metros de altura para besarlo en la mejilla. – Bienvenido hijo, bienvenido, estamos muy contentos de que hayas regresado. – Gracias maestro – respondió con una franca sonrisa. – No quisimos distraerte durante la semana de ensayos ­– prosiguió – pero debemos conversar, querido, tenemos muchos planes contigo.
"Apoyó sus brazos sobre la mesa, uno a cada lado de la caja abierta donde descansaba el instrumento, y repasó una vez más sus ambiciones, las razones por las cuales se encontraba allí."

Después del concierto tendremos oportunidad, sólo hemos pasado para saludarte y desearte mucha suerte. – Siguió manteniendo la sonrisa, aunque había perdido algo de su naturalidad. – Me han reportado que has estado soberbio en los ensayos pero tengo muchos deseos de escucharte. En particular, esa famosa cadenza[1] que nadie ha escuchado todavía y con la que has logrado un pequeño revuelo publicitario; – rió cansinamente – buena idea la de crear expectativa, ahora todos están ansiosos por escucharte, hasta el presidente. – Volvió a reír, esta vez acompañado por el coro que lo rodeaba. – De cualquier forma, nos alegra que hayas aceptado tocar la FANTASÍA CON PAJARILLO, el repertorio nacionalista que hemos escogido para nuestro flamante director está resultando un éxito al que queremos que te nos sumes. Pero ya te he quitado demasiado tiempo, querido, te dejamos y luego seguimos conversando. Por ahora: rómpete una pierna!

Mantuvo su sonrisa lo mejor que pudo mientras el resto de la comitiva se despedía, hasta que el último de ellos cerró la puerta. Luego acostó el violín en su estuche, no había dejado de atesorarlo entre su brazo izquierdo durante el tiempo que duró la imprevista visita al camerino, se sintió sin energías para sostenerlo.  Apoyó sus brazos sobre la mesa, uno a cada lado de la caja abierta donde descansaba el instrumento, y repasó una vez más sus ambiciones, las razones por las cuales se encontraba allí. Él había aceptado regresar, sí, como el solista que ahora era, no como una parte de El Sistema. También había  aceptado tocar el repertorio que ellos propusieron; aunque hubiera preferido tocar alguna de las obras que él sugirió y con las que ya había sido aclamado por la crítica: el Sibelius o el dificilísimo CONCIERTO PARA VIOLIN Y ORQUESTA, escrito especialmente para él por su gran amigo Adrián, también emigrante del régimen y de las filas del sistema; pero pensaba, realmente creía, que la larga cadenza que había preparado le permitiría expresar su voz, mostrar su virtuosismo. El mundo albergaba demasiados monstruos como para que figurase entre los mejores violinistas del orbe, al menos él había terminado por aceptar esa idea, pero se sabía el más grande violinista de la historia de su país. Su carrera sólo podía compararse con la de algunos pocos músicos ya consagrados, gigantes de la guitarra, del piano y de la composición, que brillaron antes de que el sistema dominara hegemónicamente la actividad musical, reduciéndola a la interpretación del repertorio clásico y romántico para orquesta sinfónica. Si ahora la orquesta estaba interesada en el repertorio nacionalista era sólo para satisfacer los gustos del régimen y asegurar el copioso presupuesto para su financiamiento. La rocambolesca excusa de que el sistema era un medio para hacer cambiar la condición social del país era sólo una pantalla que todos encubrían y de la que todos se favorecían, incluyendo políticos y figuras del universo musical. La verdad era que la masificación producía un puñado de músicos excepcionales que eran usados como íconos culturales por un régimen que era señalado a diario de coercitivo e inhibitorio. Así, cada vez que aquel joven y centelleante director hacía sonar la orquesta uniformada con la bandera nacional se desmentían, con un sólo golpe de arco, las asíncronas voces opositoras que reclamaban la ausencia de una política cultural o la presencia de una política ideologizante. Sabía perfectamente donde pisaba, entendía que era casi imposible regresar al país sin tomar partido ni fijar posición y que, en cierta forma, actuar con la orquesta para el presidente era ya una forma de hacerlo. Pero estaba convencido de que sería capaz de demostrar que su arte estaba por encima de cualquier pasión, incluyendo la política. Por eso le restó importancia al hecho de que le hubiesen encomendado una obra menor, por que ciertamente FANTASÍA CON PAJARILLO lo era. Quería hacer música en el sentido más elevado que pudiera concebirse. Conocía los planes de proyección internacional del sistema y de su joven director, quien había acaparado la atención cosmopolita, llenando un importante vacío en la escena, gozando del apadrinamiento más sólido que ningún músico hubiera podido antes aspirar. Sabía que le brindarían una oportunidad única, que su edad no le permitía despreciar, para grabar con el más importante sello discográfico de música clásica. Por eso estaba allí, por eso había aceptado la invitación que le hizo el sistema, por eso su cadenza tenía que demostrar de qué estaba hecha el alma[2] de su Guarnieri.

Comenzó a sonar dentro del camerino la GIGA de la PARTITA en RE menor del viejo sabio[3]. Primero tal y como era, luego mutada, más adaptada al golpe de pajarillo[4]. Recordó la primera vez que escuchó preludiar un pajarillo usando elementos de esa giga. Posiblemente Adrián hubiera sido mejor violinista que él de no haberse dedicado a la composición. Fue él quien le explicó lo orgánico que resultaba encadenar aquellas hermosas melodías baquianas[5] dentro de los ciclos armónicos del golpe llanero. También él le enseñó como encajaban perfectamente dentro de aquellos giros algunos pasajes del CONCIERTO Op. 22 de Wieniawski. Aquel descubrimiento de plagios encubiertos en RE menor no pasó de un juego, de una jam session entre compañeros emigrantes, que su amigo se encargó de retratar en una cadenza que escribió para violín. Una tarde le entregó el manuscrito original como un pequeño tributo a su amistad. Adrián nunca hizo una copia de la partitura ni incorporó la música a su carpeta de trabajos; en parte por considerarla apartada de su lenguaje, sobre todo por tener dudas acerca de si podía constituir un plagio o no. Lo cierto es que la cadenza era perfecta para el pajarillo de fantasía que le habían dado a tocar. Quiso comentárselo, buscar su aprobación para usarla, pero estaba seguro que no lo autorizaría. Fue él quien más duramente le criticó su decisión de regresar, cómo iba a permitirle usar su cadenza, con las reservas que ya le tenía, para fusionarla (tal vez alimentar) a una obra menor de un compositor que él menospreciaba? Ni estando en su pellejo lo hubiera aceptado. – Maestro, el director lo espera para entrar al escenario – dijo la misma voz que ya antes había interrumpido su sesión de calentamiento.

Muchos aplausos, muchos más de los que recordaba haber escuchado en ese recinto. La sonrisa del director luce como una valla comercial de autopista eclipsando la suya por completo, no es comparable, y aunque el primero se esfuerza con gestos cortesanos en darle al segundo el sitial que se merece, la muchedumbre sólo vitorea un nombre. Espera el silencio que prologa la música, su primera oportunidad, y verifica la perfecta afinación del violín, el LA llena la sala y el resto de las cuerdas al aire en pizzicato lloviznan sobre las butacas. Un leve asentimiento con la cabeza es la señal que espera el director para prevenir a la orquesta.  La fantasía ha empezado, la sección de cuerdas expone el primer tema (baquiano por cierto) que es matizado por el director con el arco de sus cejas, con la mímica de sus manos. Él constata con asombro el poderoso hechizo que ejerce sobre el público, el encantamiento los reviste como una capa de jalea que los embelesa con el simple hecho de que la música se acople al tempo que marca con su batuta. El tema principal es reexpuesto por los cornos, originalmente escrito para dos, pensado para una orquesta mozartiana, pero por un capricho mahleriano del director resuena con ocho, y podría haber sido ejecutado por dieciséis sin amilanar al público. Llega su turno de exponer el tema, segunda oportunidad, proyecta el sonido de su violín hasta el límite de sus posibilidades, poniendo en riesgo su alma, para sobresalir del nutrido acompañamiento. Exagera su fraseo, nunca lo hizo así en los ensayos, intentando capturar la atención de la audiencia pero cualquier esfuerzo es insignificante si lo compara con un simple movimiento de batuta, con una sacudida de la pelambre indómita, obvia caricaturización del director. Pero el momento de la cadenza llega, tercera y última oportunidad, ahora está solo frente al público. Incluso el director tiene el detalle de bajarse del podio para dejarle toda la escena. De reojo mira el palco presidencial, las cámaras de televisión que lo están difundiendo en cadena nacional. Alcanza ver la mirada atenta que le brinda el fundador del sistema. Silencio absoluto. Las primeras arcadas de la pieza de Adrián resultan latigazos sobre aquel público fascinado. Plagio o no plagio maravilla, conquista, el Guarinieri es ahora el dueño absoluto de la sala. Sueña mientras sigue tocando su cadenza. Está seguro de que podrá recompensar a su amigo en poco tiempo, que conseguirá tocar con la orquesta su magnífico concierto y que lo grabará con la Deutsche Grammophon, igual que el resto de su repertorio. Está convencido del poder subyugante de su violín, basta ver la cara del público que seguía inmóvil, en éxtasis, como si hubieran sido rociados por gas hilarante. Sólo un rostro, en el palco presidencial, sonríe de forma diferente. Él no alcanza a ver como frota sus huesudas manos en señal de satisfacción.  Al fin y al cabo, no todos los días el sistema gana el alma de un Guarnieri.

Getafe, Septiembre, 2009.


[1] Momento del concierto en el que la orquesta deja al solista sin acompañamiento, en principio para que improvise, aunque normalmente las cadenzas están escritas.
[2] Una barrita de madera que se coloca entre las dos tapas del violín (la superior y la inferior), más o menos debajo del puente, y que soporta la enorme tensión producida  por las cuerdas. El alma comunica las vibraciones que el puente transmite a la tapa superior y al resto de la caja de resonancia, amplificando de manera sorprendente el sonido.
[3]Hay quienes piensan que las sonatas y partitas de Bach siguen siendo las piezas más difíciles del repertorio violinístico.
[4] Forma musical del folklore llanero colombo-venezolano.
[5] En el sentido villalobístico de la palabra, i.e. de Bach.

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6 comentarios:

  1. Bien Raúl. Fajao como siempre.
    Felicitaciones.
    Jorge Quintero

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  2. Añoranza, crítica, rebeldía, sentimientos del emigrado o del asilado relatados en un continuum poético de la música.

    Me gusta la ilustración

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  3. El violinista ese se copió mi look! No me acordaba, jaja! Felicitaciones Raúl y Daniel!

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  4. Que bueno Raul, espero que sigas colaborando con nuestro blog!

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  5. Me gusta, Ileana. Me gusta el blog y la foto de fondo. Bella casa anuncia. El cuento de Raúl y su ilustración muy buenos. Felicitaciones!

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  6. Gracias de nuevo Mario, esperamos que Raúl nos mande otros cuentos, a mi también me gusta mucho éste.

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