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| Foto: María Teresa Jiménez R |
Había pasado más de un año desde la última vez que alguien distinto a él mismo había entrado en aquella pocilga. Eloisa lo había convencido. Insistió mucho para que la llevara. No estaba seguro de que hubiese aceptado sólo por complacerla. Quizás fue un intento inconsciente por alejarla de él. Muchas veces durante los dos años que vivieron juntos, en la casa de ella, le había dicho que su apartamento no estaba presentable. Que había mucha mugre y que era mejor que él lo limpiara antes. Pero Eloisa le proponía ayudarlo, no podía estar tan sucio, sólo había que decidirse y hacerlo juntos, sería más simpático. No era justo que él siguiera pagando un alquiler y el lugar estuviera abandonado.
Accedió a llevarla. Cuando abrió la puerta un olor nauseabundo se extendió por el pasillo. Eloisa se quedó petrificada. Después de retomar valor hizo el intento de entrar. No pudo soportarlo. Le pidió que se fueran, que vendrían otro día, que ella lo ayudaría. Regresaron a su casa, ella conducía como siempre, esta vez en silencio, era como si llorara hacia adentro. Él supo que la perdería.
El cigarrillo le quemó los dedos y lo obligó a lanzarlo al piso. Quemarse los dedos era algo que le ocurría a menudo cuando fumaba tirado en la cama. Las colillas que apagaba aquel gordo medio albino en su vientre, en su espalda, en su ingle, ya no dolían. Nunca había entendido por qué a partir de un momento dado su cuerpo dejaba de sentir dolor. Cuando volvía en sí, tirado en aquel calabozo, se pensaba muerto, ya en el infierno.
No tenía idea de cuando había dejado de limpiar. Simplemente se había acostumbrado a ello. Comía afuera, cuando comía. La verdad es que la cerveza le quitaba el apetito. Veía a los pocos amigos que le quedaban en la calle. La cocina la encendía sólo por la mañana para hacer café en la greca ennegrecida de hollín.
Un ronroneo en el estómago le recordó que no había probado bocado en el día. Se sentía cansado de aquella maldita tos que sólo se aliviaba en la completa inmovilidad. Decidió salir a buscar algo para comer, todavía podría encontrar algún bar abierto. Si no, en el “O Gran Sol” Pepe le daría algo. Sin lavarse se puso el primer pantalón y la primera camisa que tuvo a mano y bajó por el ascensor los diez pisos. La avenida Libertador estaba casi desierta. Sólo se veía, en la esquina del frente, a un grupito de putas y travestís que bromeaban con los pocos carros que pasaban y les decían vulgaridades. Reconoció en el grupo a la Negra. Ella lo saludó tirándole un beso con la mano. La Negra era hombre pero tenía un cuerpo femenino espectacular. No se veía tan vulgar como las otras. Habían charlado un par de veces y le había dado la impresión de que tenía cierta cultura. Ahora prefirió apurar el paso, no quería hablar con nadie.
Caminó por el bulevar de Sabana Grande hasta el “O Gran Sol”. La puerta estaba cerrada pero se escuchaba bulla adentro. Tocó y Pepe salió a abrirle. Lo saludó haciéndole notar que tenía cara de enfermo. Le ofreció una cerveza y le sirvió unos callos a la madrileña.
- Camilo hombre, no te ves bien, ¿no estarás enfermo chato? - le dijo con acento madrileño.
- Tranquilo pana, no he comido mucho hoy, tus callos son lo único que necesito – respondió Camilo.
Agarró el plato y se fue a sentar en la mesita del fondo. Todavía quedaban algunas personas en el bar.
Una parejita estaba discutiendo acalorada en una mesa donde había unas cuantas botellas de tercios vacíos. Ella le gritó.
- ¡Déjame en paz, no quiero volver a verte! -. La muchacha se paró de la mesa agarrando su bolso.
Camilo no vio más, no se dio cuenta cuando la muchacha salió del bar y el flaco que la acompañaba se había puesto a llorar como un carajito.
Eloisa había sido su última esperanza y él la había dejado ir. Ella estaba viva, ella lo amaba, lo cuidaba, lo mimaba, pero le exigía demasiado. Él no le había contado de sus años en la cárcel. De aquellos años preso por una causa que ya nadie recordaba. No le había mentido cuando le decía que no recordaba mucho. Algún mecanismo de defensa le había permitido olvidar.
Sí, lo habían torturado. Sí, lo habían abandonado los amigos. Sí, su mujer se había divorciado de él cuando estaba preso y se había llevado a su hijo al extranjero. Nunca más quisieron saber de él, ni siquiera cuando fue liberado. Nada de eso le había contado a Eloisa. Ella era muy joven cuando todo aquello había pasado. Era una niña cuando él dormía en el piso de un asqueroso calabozo. No podía contarle porque lo había olvidado.
Terminó el último sorbo de cerveza y apagó otro cigarrillo, notó que ya no quedaba nadie en el bar. Pepe limpiaba el mostrador y no lo había molestado. Pepe también era un sobreviviente. Con él había hablado innumerables veces de España. Aunque se habían conocido en Caracas, supieron que ambos habían viajado en el mismo barco que los trajo a Venezuela. Tenían casi la misma edad y habían vivido en Lavapies, en aquella época un barrio pobre como cualquier otro de la Madrid franquista. Pepe le había contado que había llegado con una mano adelante y otra atrás, como decían, y que había trabajado en casi todos los oficios posibles antes de poder alcanzar un nivel de vida decente. De todas maneras aquella Venezuela estaba llena de oportunidades. Él, Camilo, no había pasado tanto trabajo. Había sido acogido en una familia de amigos de su madre que lo habían tratado como a un hijo más. Tanto así, que él se había comportado como un hijo más. No había sido un buen estudiante. Rápidamente se había involucrado en las protestas estudiantiles del liceo donde lo habían inscrito para que culminara el bachillerato. Se había enamorado de una loca agitadora que le había presentado a sus amigos izquierdosos. Lo botaron del liceo. Los amigos de su madre se habían cansado de él y lo dejaron ir. Se mudó de una pocilga a otra hasta que conoció a Rosario. Rosario le llevaba unos años y, aunque disfrutaba el sexo con él, se comportó como una madre protectora y lo envió a Cumaná a trabajar con unos amigos científicos que lo formaron como fotógrafo y le consiguieron un trabajo en la Universidad de Oriente. Fueron buenos años. Ganaba suficiente dinero para alquilar un anexo de una casa. Había muchas fiestas entonces. No le era difícil conseguir compañeras, era bastante guapo. Tuvo varias novias.
Sofía era la hija de una pareja de amigos de su jefe que vinieron una vez de visita a Cumaná. Su jefe lo invitó a acompañarlos en el yate en que los llevó a Mochima. Camilo y Sofía pasaron el día buceando en los arrecifes. Se enamoraron. Ella venía a visitarlo a Cumaná y él se las arreglaba para ir a verla a Caracas. Los padres de Sofía esperaban algo mejor para su hija que un español emigrado y sin profesión. Se opusieron a su relación todo lo que pudieron hasta que ella decidió escaparse con él. Con escándalo familiar y todo, Sofía se vino vivir con él a su anexo. Tuvieron un hijo al poco tiempo y él estaba seguro de que nada mejor le hubiera podido pasar. Sofía estaba acostumbrada a lujos que él no le podía dar pero soportaba con cierto estoicismo la vida que llevaban. El nacimiento del niño produjo un acercamiento con los padres de ella. Sofía lo convenció de aceptar la ayuda de su padre y de regresar a vivir a Caracas. Vivir con los padres de ella fue una catástrofe. Ella volvió a sus comodidades y aceptaba más y más la ayuda paterna justificándose en las necesidades del niño. Comenzaron las discusiones y desacuerdos.
Una noche pelearon y él se fue a casa de unos amigos que había conocido en sus épocas de liceísta. Ese día en la casa de sus amigos había un movimiento raro. Sonaba el teléfono. Había gente que entraba y salía. Sus amigos le decían que no preguntara mucho, que le contarían luego pero que estaban en algo grande. Él se quedó en un sofá fumando y bebiendo cerveza, observando el tejemaneje que tenían los otros. Sonó el timbre. Todos salieron corriendo hacia el patio trasero. Escuchó el altoparlante de la policía que amenazaba con entrar a la fuerza.
Pepe, me voy, gracias por todo, le dijo Camilo, y salió.
- Cuídate hombre, ven mañana y te preparo algo - le gritó Pepe cuando ya Camilo no lo estaba escuchando.
Caminó de regreso por el bulevar. Se sentía mejor, ya no tenía hambre y la tos parecía haber desaparecido. La calle estaba desierta. Hubiera querido seguir hasta Bello Monte, llamar a Eloisa, decirle que esta vez haría un esfuerzo. Pero no tenía derecho, lo mejor era dejarla en paz.
Le sobresaltó el recuerdo de aquella noche cuando cenaban en “El Rincón Gallego” y discutieron. Chávez había ganado las elecciones y ella estaba asustada con lo que podía suceder. No podía creer en esa revolución. Él se burló de ella, Chávez iba a joder a los adecos, ya los había jodido, y eso era lo único que a él le importaba. Ni revolución ni una mierda, quería verlos caer, uno por uno, a los que un día le robaron su juventud. Ella se había puesto furiosa, había tomado su cartera y lo había dejado allí. Ve a dormir a tu casa, le dijo y se largó. Era la primera vez que la veía tan molesta y decidió obedecer. Se quedó unas horas más y se tomó unas cuantas cervezas solo. Cuando caminaba hacia su casa dos malandros se le acercaron para pedirle fuego. Medio borracho buscó en el bolsillo del pantalón. Sin darse cuenta uno de los tipos lo tenía agarrado con los dos brazos por la espalda mientras el otro le revisaba los bolsillos. Se llevaron las llaves de las dos casas, la de él y la de Eloisa. Le quitaron unos pocos billetes y sin ton ni son le cayeron a golpes. Una pareja que había visto todo se acercó. Le ayudaron a ponerse de pie y le ofrecieron acompañarlo a su casa. Les indicó la dirección de Eloisa y allá lo dejaron. La llamó por la ventana y ella bajó a abrirle con cierto disgusto. Cuando lo vio bañado en sangre y con la camisa rota se asustó. Le limpió la herida que tenía en la cabeza, le quitó la ropa y lo acostó a dormir a su lado. Con el cuerpo adolorido la abrazó por la espalda y se quedó rendido.
Nada de eso le quedaba ya. Si en este preciso momento le pasara lo mismo, no tendría adonde ir. Amanecería como un perro en la calle, quién sabe si muerto. Tardó mucho en llegar a su casa de nuevo. Le costó abrir la puerta, la cerradura tenía maña. Sorteando las latas de cerveza vacías, los periódicos arrumados y la ropa que se encontraba en el piso, llegó hasta su cama. Sin desvestirse se fue quedando dormido cuando ya la luz del día entraba por la ventana donde una vez hubo cortinas.
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Felicitaciones Ileana y Maritere!
ResponderEliminarIleana, qué bien comienza el blog con ese cuento!!! Buenísimo!!!
Maritere, muy buenas las fotos, la del texto y especialmente la del fondo del blog, que me encanta!!!
Sigan así pues. Ya no van a querer juntarse conmigo, par de artistas....
Jejeje... Muchas gracias Lorenzo. El cuento a mí también me gustó mucho.
EliminarFelicitaciones por el blog, la idea y la puesta en escena.
ResponderEliminarChichi
Gracias Chichi
EliminarMuchas gracias Chichi
EliminarMario Vargas LLosa dijo en un ensayo sobre un escritor frances que no viene al caso mencionar, "la facilidad de escribir es la bendicion del periodista y la maldicion del escritor"
ResponderEliminarEsta malgama nueva que presentan es buena y promete, felicitaciones a las 2
GJR
Gracias Gloria.
EliminarMe encanta! Felicidades a las dos! Ahora no paren.
EliminarGracias Ana
EliminarYa te tengo aquí, gracias por el aviso. Me encanta el look de este blog
ResponderEliminarMuy bueno! Felicitaciones chicas!
ResponderEliminarun abrazo
La Gucha
Gracias Gucha, un abrazo
EliminarBravo por esa iniciativa! Muy bueno el blog..
ResponderEliminar"Escribe que algo queda"
EliminarEra el nombre de una rúbrica en "El Nacional" escrita por alguién de quién no recuerdo el nombre.
Podría para completar a la ocasión de este blog : Escribe y fotografía ...algo nos llegará!
Bravo pour le démarche!
Un abrazo
Gracias por tu comentario. ¿Elena?
ResponderEliminarFelicitaciones! Muy buen inicio y excelente presentación!
EliminarGracias por tu comentario, nos gustaría saber tu identidad.
EliminarSoy Maruja Recaredo
Eliminargenial, escribir te queda mejor que el caos de Weiner,
ResponderEliminarPablo
Gracias Pablo. No sé si me queda mejor pero lo estoy disfrutando!
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