miércoles, 21 de marzo de 2012

Elegía por Doña Clo (relato)

Ileana Iribarren

Foto: María Teresa Jiménez R
Hoy, en mi pueblo, ha pasado algo terrible. Aquí donde los días siempre parecen el mismo, donde los gritos de Matilde cuando regaña a los niños y las peleas de Flora con su marido no son novedad. Hoy este pueblo cambió para siempre. Nadie dice nada, todos esperan que los días vuelvan a ser repetidos y los ayuden a olvidar lo que ha sucedido hoy.

Estaba dándole pedal a la máquina de coser y el ruido que hacía no me dejó escuchar la gritería que se armó cuando llegaron Jairo y Emiro cargando a Doña Clotilde. Me asomé a la ventana y los vi correr cargándola entre los dos, uno por los brazos y otro por los pies, que si no estaba muerta, la deben haber matado por la forma en que la llevaban. Doña Clo estaba mojada y llena de barro y parecía que le habían caído a palos.

¡Pobre Doña Clo! ¡Tanto nadar para morir en la orilla! El refrán parece una ironía en su vida. La recuerdo siempre alegre y optimista, siempre ocupándose de los demás. Cada uno en este pueblo le debe algo. Cada madre que parió un hijo en estos montes tuvo su asistencia y sus cuidados de comadrona. Esos mismos muchachitos que ayudó a venir al mundo transitaron por las aulas donde ella les enseñó a leer y ser un poco mejores personas. Claro que no todos aprendieron. No todos aprendieron a agradecer.

   
Siempre fue buenamoza y le llovieron pretendientes pero ella sólo quiso al demonio ese con quien se casó. Tanto cuerno que le montó, tanta guerra que le dio ese hombre, que era para ponerlo en la calle con su maleta. Eso sí, cuando se puso viejo y enfermo allí estaba para que Clo lo cuidara. Y el hijo que le dio no le salió mejor. Flojo el padre, flojo el hijo. Clo trabajando de sol a sol para mantenerlos a los dos.

Dicen que estaba viva cuando la trajeron, que se murió en el dispensario. El hijo llegó cuando ya la madre estaba muerta. No dijo nada, se fue corriendo como un loco y a estas horas nadie sabe dónde está. ¡La culpa lo debe estar matando también!

Ramirito le hizo vender su casa, vaya usted a saber si no era para quitarle los reales. Cuando se murió el padre empezó la cháchara. Todos tenían algo que opinar. Que si la Clo no podía quedarse sola, que si la casa era muy grande, que si era mejor que se fuera a vivir con el hijo.

Cuando Genaro empezó a visitarla empezaron los rumores. Genaro la cortejaba, sin duda, y ella empezó a cambiar de semblante. Parecía que había rejuvenecido. Aquel hombre la estaba queriendo bien. Por una vez tenía lo que siempre había merecido. Iba al mercado a comprar flores y cocinaba para él. Se sentaban al fresco a conversar hasta tarde. Genaro era un buen hombre y la llenaba de atenciones. Él estaba viudo también y los hijos se habían mudado a la ciudad. No era rico, pero no le faltaba nada. Fue generoso con ella, la sacó de apuros varias veces. ¿Cómo no lo iba a querer?

Genaro y Clo se paseaban agarrados de la mano por la plaza y no hacían caso de los muchachos que se burlaban y les tiraban piedritas. Le gritaban cosas a ella, cosas groseras y eso enfurecía a Genaro que los perseguía con un palo. Ella prefirió dejar los paseos y en su lugar se quedaban en su casa, cerraban las ventanas y no salían mucho.

Le gente del pueblo comenzó con los chismes. Sobre todo las mujeres, mire que injusto, envidia debía ser. Que si estaba muy vieja para andar enamorada, que si lo que tenía era que ocuparse de los nietos y quién sabe cuántas bobadas más decían de la Clo. Le iban con la cantaleta al hijo, y el otro, que ya estaba celoso, se dejó picar. ¿Cómo iba a permitir que la madre le diera sus cuidados a otro que no fuese él?

Llegó el día en que el Ramiro se le plantó a Genaro. Hasta llegó a amenazarlo de muerte si se volvía a acercar a Doña Clo. El pobre hombre, que no estaba tampoco para lidiar con muchacho malcriado, prefirió largarse. Se fue triste, pero se fue y la dejó más sola que la una.

Fue cuando Genaro la dejó que agarró esa costumbre de irse a caminar todas las tardes. La veían caminando por el puente. Dicen que se pasaba horas mirando la corriente.

 Doña Clo terminó vendiendo su casa y yéndose a vivir con el hijo. Allá la nuera no la quería y eso lo sabía todo el mundo. La Clo se consolaba con la nietita, que era la única alegría que le quedaba en la vida. Se la veía de aquí para allá con la muchachita. Pero la mujer de Ramirito empezó a ponerle inconvenientes a sus salidas con la niña. La gente les decía que la niña no estaba segura con la abuela. Todos pensaban que Doña Clo había perdido la razón. Como si una vida llena de sacrificios y de trabajo no cansara a la gente. ¡Cansada es que estaba Clotilde! ¡Cansada de tanto bregar!

Pero quién iba pensar que un día los iba a mandar a todos al carajo. Quién iba pensar que un día, como hoy, Doña Clo en su paseo de costumbre y mirando al río desde el puente decidiera lanzarse.

Jairo y Emiro estaban pescando y la vieron cuando se quitó los zapatos y se tiró. Ella seguramente no los vio porque lo que más quería era desaparecer en las aguas del torrente. Ella no quiso que la trajeran a morirse así, delante de todo el mundo. Ella no quiso que la gente corriera detrás de su cuerpo embarrado y moribundo pegando gritos de dolor. Ella no quiso hacerle daño a nadie. Sólo quería desaparecer en las aguas de ese río que miraba todas las tardes.


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2 comentarios:

  1. Saludo la aparición de vuestro blog. Muy bonito y el relato me gustó mucho. Gracias por el esfuerzo. Acá tienen un fan.
    Saludos
    Jorge Quintero

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